LA PESADILLA ESPAÑOLA EN BARCELONA’92 (y cap.04)

Luz y color. Así esperábamos ver el estadio olímpico de Montjuic el día de la inauguración y así se tornaban nuestras vidas, inmersas en mitad de una hipnosis delante de la tele. Sentir el movimiento olímpico o como recordaba un veinteañero Zan Tabak, “por allí te encontrabas a Jim Courier, a Carl Lewis o Javier Sotomayor. Y llegabas al comedor y había siempre alguien luciendo su medalla de oro”, era algo de lo que nos queríamos empapar todos. 

La ceremonia de inauguración fue el pistoletazo de salida (en este caso, un flechazo de Antonio Rebollo) a los que quince días de competición que se tornarían en un suspiro si lo comparamos con tan prolongada espera. Para la Selección Española de baloncesto, llegó el momento de la verdad. Un 26 de julio, debut ante Alemania. Para empezar, el choque más crucial de toda la fase inicial. Después de tantas cosas.

EL ALMA EN LOS PIES

Y así nos sentimos, sin que el tiro libre de Santi Aldama el segundo día ante Brasil lo remediara. El pívot caísta saltó por primera vez a pista a falta de 20,7 segundos para la conclusión y cuando llevaba 12 escasos segundos, el destino decide que sea juez y parte de los designios inmediatos de la Selección Española. Un buen balón doblado de Jiménez y el ‘hachazo’ de Gerson Victalino, lo llevan a la línea de tiros libres con empate a 100. Aldama anotó el segundo tan solo, suficiente, porque Oscar Schmidt falló el triple final, en mitad de un Olimpic badalonés al borde de la histeria colectiva. 

El estallido fue más de alivio que de júbilo. Un partido siempre controlado (67-50 al iniciarse la segunda mitad), entre carreras y festival anotador de los españoles, en contraste con el desacierto brasileño, de repente, vuelve a torcerse. Los canarinhos siguen tirando de las mismas recetas ya gastadas de los 80, que para eso eran los mismos protagonistas. Aun con su talento anotador marchitado y su mal balance defensivo, incluso comiéndose todos los bloqueos para que los tiradores españoles estuviesen liberados, reducen diferencias y se entra en fase de complicación, de exasperación ofensiva en los españoles, testigos de innumerables rebotes ofensivos en manos rivales y con estas, nos plantarnos con un marcador adverso de 90-92 a falta de cuatro minutos. La moneda cayó del lado de los anfitriones gracias al tiro libre de Aldama, pero que ellos llegasen a ser poseedores del último tiro para ganar, dejaba al aficionado con el alma en los pies. 

Jordi Villacampa defendiendo a Paulinho el día ante Brasil.
Jordi Villacampa defendiendo a Paulinho el día ante Brasil.

Porque en nuestro Equipo Nacional volvieron a aflorar los problemas en ataque del primer día. Teníamos aún muy presente el paupérrimo papel del debut ante Alemania (74-83), una selección que, de las 16 ocasiones en las que se enfrentó a España, nunca salió victoriosa. Sin embargo, la sensación de absoluta superioridad hacia los nuestros, exceptuando un 8-2 inicial, con un Detlef Schrempf pletórico (20 puntos en la primera parte, para un total de 26, mostrando que, efectivamente, era una estrella de la NBA), con el son que decidía el seleccionador alemán Svetislav Pesic desde el banquillo… es que España no tuvo ninguna posibilidad. Sin haber visto apenas nada de la larga preparación española, la frustrante pregunta que nos merodeaba “y todo, ¿para esto?”, daba argumentos a los malos agoreros que se aventuraban antes del inicio de la competición a alinear los principales problemas que tendría la selección en estos Juegos. 

  • Primero de todo, el rebote. Veinticinco rebotes menos que nuestros dos rivales iniciales (75 en contra por 50 a favor), mostraban muy a las claras la alarma por la falta de poderío interior. Acusaban a nuestro combinado como débil entre los pívots, que no se imponían al bloquear los rechaces y estos números eran un aval incuestionable para tales críticas. Que el pívot alemán Hansi Gnad atrapara hasta 20 rebotes, resultando imparable en poste bajo (8 de 11 en tiros de campo, con 17 puntos), cuando nunca fue un virtuoso, era para preocuparse. Ni Andreu, ni Orenga, ni Aldama pudieron con su potencia, intensidad y cierta calidad ganada con los años. Pensando lo que vendría  frente a Croacia, Estados Unidos y el pretendido camino hacia los cuartos de final, si se sufría con Gnad, el futuro no era halagüeño.
  • Nuestra Selección era parca en estatura, tanto en interiores como en exteriores. Sin embargo, eso no es un problema -o el problema se minimiza- cuando se adecúa el juego al estilo de los protagonistas. Y para eso pensábamos que sirvió la preparación. Lo que estaba claro es que había que correr (aunque con el ya sabido problema del rebote, había menos opciones) y cuando se conseguía, maestros en la materia como Rafa Jofresa para lanzarlos y culminados por Jordi Villacampa y Alberto Herreros, daban momentos muy brillantes de juego que levantaban al público del Olimpic. Cuando tocaba jugar en estático, nubarrones se cernían encima del ataque español, porque la circulación de balón no era buena. Estaba bien la idea que se desbordase en uno contra uno -volvemos a destacar a Villacampa y Herreros-, creando desajustes, pero luego no se transformaba ni en buenos pases ni en un movimiento fluido de balón para buscar espacios y encontrar hombres abiertos. Todo se enfangaba chocando contra el muro rival que esperaba en la zona. 
  • Si hablamos de espacios, era difícilmente entendible la posición de Andrés Jiménez. Andrés, en la Selección Española, fue el primero que nos enseñó qué era la figura del “4” abierto, moderno, buscando el espacio con aclarados, desbordando con su potencia de piernas en uno contra uno ante rivales menos rápidos. En estos Juegos Olímpicos, el papel que representó fue el de un interior de poste bajo, que hizo números por su calidad y continuo esfuerzo (18 puntos ante Brasil), pero que sufría ante adversarios muy atléticos y casi siempre más altos (Schrempf, Gerson, Radja), sin tener la oportunidad de aclarados o un trabajo táctico que le ayudase a ganar la posición cerca de canasta antes de recibir.
  • Lo que de verdad no esperábamos, fue el desacierto en el tiro exterior, incluido los tiros libres. Estos últimos fueron los más frustrantes: 44 de 68, un pírrico 64,7% en los dos primeros partidos, que en la práctica era mucho más bajo, puesto que estando en vigencia aún la regla del “uno más uno”, fueron numerosos los primeros intentos que se fallaron sin opción al segundo. Y el tiro exterior… pues debutamos con un 4 de 19 en triples ante Alemania. Villacampa era más virtuoso en entradas a canasta y suspensiones a media distancia, aunque en triples no estuvo mal, con un 34,8% a lo largo del torneo olímpico. Lastrado por problemas físicos, Chechu Biriukov, uno de los teóricos puntales, logró una sola canasta de 12 intentos en toda la competición. Si hablamos de lesiones, el cuerpo de Juan Antonio San Epifanio dio lo que pudo, encontrándose para la conclusión liguera de esa temporada 91/92, muy castigado. Claro, que tenía que estar en esta cita, entre otras razones porque fue el último portador de la antorcha olímpica. Pero su 25% en tiros de campo, ausente en algún choque, lo dice todo. Alberto Herreros, en los 5 partidos de fase previa, cargado de responsabilidad ante el naufragio tras la línea del 6,25 generalizado, logró un 1 de 11 (cuando todo se calmó, jugando ante Venezuela y Angola del 9º al 12ª puesto, logró un sobresaliente 7 de 11). En definitiva, que el más acertado fue el debutante Xavi Fernández, que tuvo cierta relevancia, pero solo algunos tramos de partidos (un 63,3% en tiros de campo). Si el equipo era bajo, los pívots no eran dominantes, fallaba el rebote, la circulación de balón en estático y el porcentaje de triples se quedó en un 29,6% durante la totalidad del torneo, el tema se complicaba. 
 Antonio Díaz Miguel sin encontrar soluciones en el debut ante Alemania.
Antonio Díaz Miguel sin encontrar soluciones en el debut ante Alemania.

A pesar de la victoria ante Brasil, las quinielas decían que, si se perdía ante Croacia y Estados Unidos -que era lo lógico-, España tendría muy complicado clasificarse para cuartos de final, puesto que esperaba el fatídico Brasil-Alemania de la última jornada. Esto significaba que, si Brasil ganaba, puesto que Alemania ya no se jugaba nada y perdiendo hasta por 18 puntos se clasificaba, dejaba a España fuera de los cuartos, para disputar el 9º al 12 segundo puesto. 

DE LA MEJOR VERSIÓN ANTE CROACIA…

Apenas nos acordamos, porque el “angolazo” acabó por eclipsar todo, pero frente a la selección de Croacia se jugó un notable partido ante un rival muy superior. Con mucha más decisión que en otros días y asumiendo entre los españoles que, tras los cálculos descritos anteriormente, o ganaban o quedaban fuera. 

Forzando hasta la extenuación los contragolpes que daban brío y fe a todos los aficionados, con un catálogo maravilloso de transiciones rápidas que, producto de una excelente defensa, se generaron como hacía mucho tiempo que no veíamos, tomar la delantera en el electrónico al inicio de la segunda parte (hasta un 67-60 con un triple de Epi), nos hizo ver el cielo por momentos. España, por primera vez mostró el “estos son mis poderes”. Y todo ello, aun fallando en el rebote (nos volvieron a ganar 25 a 18), en los triples (un discreto 3 de 10), en los tiros libres (12 de 19 y repetimos el condicionante del 1+1), pero con un porcentaje de tiro global magnífico: 24 de 41 en nuestros mejores minutos, para acabar con un 32 de 60 (53,3%).

 Que Drazen Petrovic comenzara anotando los primeros 13 puntos de su equipo, con 5 de 5 en tiros de campo (para 28 finales), no era una sorpresa. Sí lo era que los croatas estuviesen tan desacertados en el triple (0 de 8), que Kukoc aún no se había sacudido la afrenta con la que fue castigado el día antes frente al Dream Team, jugando otro mal partido, que perdieran tantos balones buscando pases interiores y que no tuvieran una lectura clara de las ayudas defensivas españolas hasta los últimos minutos.

La imagen de Epi, retirándose tras el "angolazo", lo dice todo.
La imagen de Epi, retirándose tras el “angolazo”, lo dice todo.

Se dio la cara y se llegó al sentimiento de orgullo por estos chicos, tuviesen las carencias que tuviesen, pero sobró el inicio del segundo párrafo “forzando hasta la extenuación”. Porque esa llegó en los últimos 10 minutos. Villacampa jugó los 40 minutos, Rafa Jofresa y Andrés Jiménez, casi. Los croatas rompieron el 67-60 con un parcial de 0-8 y aunque se volvió a sacar arrestos para tomar la delantera nuevamente (73-68), el parcial de 0-16 que vino a continuación, nos dejó sin argumentos. 

Se podrá criticar que Díaz Miguel no parara esa avalancha con un tiempo muerto, que prefiriera en los últimos minutos la veteranía de Epi al empuje de Herreros, pero sucedió que el cansancio hizo mella en todos y dio por pensar por primera vez, que los croatas eran mucho más altos, superiores y que a su ritmo y acierto habitual recuperado en el último tramo, poco había que hacer. Tuvieron el temple para leer las situaciones de juego y romper nuestra defensa. Sus 13 rebotes ofensivos (uno más que los defensivos) arreglaron sus pocos errores en el tramo final, hasta sentenciar.

 Unos árbitros quisquillosos a más no poder -tendencia durante todo el torneo-, pero para nada anticaseros como se quiso vender en la narración televisiva, encendieron al público en una antideportiva señalada a Villacampa sobre Komazec por el israelíta Virovnik, que no tenía sentido alguno. Total, que con este jaleo, al final la derrota se consumó de forma más abultada de lo previsto  (79-88), envueltos en una decepción muy grande, porque si se había perdido en tres ocasiones ante los croatas durante la preparación, esta vez faltó muy poco para derrotarles y asegurarse un pase a cuartos que, ahora sí, se antojaba muy improbable. 

Dos mitos: Juan Antonio San Epifanio charlando con Magic Johnson.
Dos mitos: Juan Antonio San Epifanio charlando con Magic Johnson.
… A LA CAÍDA AL VACÍO ANTE ANGOLA

¿Cómo explicar lo sucedido en la mañana del 31 de julio en el Olimpic? Es que el marcador lo dice todo: España 63-83 Angola. Vale que ante Angola, tanto Brasil, como Croacia y Alemania pasaron apuros (estos últimos, tuvieron que defender la última posesión que pudo dar el triunfo a los africanos). Pero es que perder por 20 puntos … 

Los angoleños era una selección con varios de sus componentes muy atléticos, con cierta veteranía (el grueso del equipo era el mismo que, hechos unos jovenzuelos, se presentaron en Ferrol en el Mundial español de 1986), con un baloncesto muy flojito y una calidad técnica raspadita. Incluso su estrella, Jean Jacques Conceiçao, una especie de Rodman cargado de voluntad, tenía que repetir una y otra vez esfuerzos para anotar, pues su toque de balón final no era el más preciso. Comenzar con un 2-8 en contra, jugando España por primera vez por la mañana (horario habitual en los angoleños), espesos, con escasa motivación, empeñados en sumar pérdidas en una ofuscación desesperante por dar balones interiores cuando no había línea de pase… así podemos explicarles uno de los grandes males: 21 pérdidas. 

Cuando al descanso se llegó con un 36-37 en contra, deseábamos que esta matinal espesa se aclarase con cierto criterio circulando el balón y sacar ventaja de la estatura, unos minutos de sensatez, una mínima renta que fuera suficiente y a vivir de ella. Pero aquí vino lo peor. No ser capaces de anotar una sola canasta (solo 5 tiros libres de 10 intentados) en trece minutos de juego y, cuando ello sucedió, el marcador reflejaba un 43-61, es traducible a los minutos de más bochorno de la historia del baloncesto español. Y lo peor, es que éramos conscientes de ello en ese momento, no era necesario hacer ningún ejercicio de memoria histórica.

Si nos ceñimos al partido, se mezcló todo: la deficiente circulación de balón que se vio en gran parte de estos Juegos, la inferioridad en el rebote (que volvió a ganar el rival con un +7), la tortura de los tiros libres (19 de 34, que se dice pronto) y el mal tiro exterior, que esta vez fue nulo (0 de 10 en triples), sumaron la tormenta perfecta para ver en los últimos minutos, con todos alucinados, que los angoleños superaban la veintena de diferencia, entre vítores de los aficionados españoles desde la grada de “Angola, Angola”. Que Rafa Jofresa dijera al final “cuando faltaban cinco o seis minutos, me di cuenta que ya no podíamos ganar”, es lo más elocuente que se puede decir para dar paso a la confesión de “hemos hecho el ridículo”.

La peor forma de acabar un torneo: a bofetadas frente a Angola.
La peor forma de acabar un torneo: a bofetadas frente a Angola.

A la conclusión del partido, las cámaras se dirigieron a Epi, cabizbajo, retirándose al vestuario en lo que iba a ser su despedida con la Selección Española (que, tal amargor le sirvió para darse la última oportunidad, ante la llamada de Lolo Sáinz al año siguiente). La estampa del mito, la leyenda que portó la antorcha hasta el pebetero olímpico, diciendo adiós a las posibilidades de España (última de grupo), era muy dura para cualquier amante al baloncesto. “No merezco una despedida así”. En definitiva, se sentía traicionado, con un espectacular Olimpic para esta ocasión, que se vestía de gala para recibir al Dream Team y que, con los españoles, parecían surcar un inhóspito escenario de fin de fiesta, al menos en la pista, que en todo momento el público estuvo sobresaliente.

Al día siguiente, domingo de guardar -suponemos que cierta dignidad-, tocaba enfrentarse a  Estados Unidos. Y conocedores ellos del panorama del anfitrión, con Michael Jordan manteniendo un afectuoso trato con Antonio Díaz Miguel por la relación amistosa de tantos años con su universidad, North Carolina y su entrenador Dean Smith, ya se encargó de azuzar a los suyos para pedir la foto de su equipo con la Selección Española antes del encuentro (en el resto de ocasiones, eran los rivales quienes las pedían a ellos) y de echarle el brazo por encima de los hombros en mitad de una conversación distendida, cuando se retiraban al vestuario. Sin pisar mucho el acelerador en los ‘USA guys’, con el chascarrillo entre el mayor de los Jofresa y Villacampa en las asignaciones defensivas del “¿a quién te pides tú? ¿A Magic o a Jordan?”, todo se tornó en un ambiente festivo y un 81-122 final, con 23 puntos de Andrés Jiménez, con una nostálgica reivindicación de “eh, que yo soy aquel de la final de Los Angeles’84”. Otros tiempos.

Ganar a Venezuela (95-81) fue el preludio a conseguir la novena plaza, viéndonoslas de nuevo ante Angola y ganar (78-75) para echar el cerrojazo al torneo. Lo que no se contó del “angolazo”, que bastante ya teníamos con el bochorno sufrido es que, entre la desesperación española en los últimos minutos, sí hubo alguna falta casi grotesca, fuera de lugar, con algún pique incluido que, en el fondo, se solventaba con abrazos entre los angoleños sin querer jaleos, viendo el asombroso electrónico. Pero se las apuntaron. 

Eso se trasladó a este partido del último día, con un marcador distinto y los angoleños, con un humor diferente, se remangaron y a la mínima chispa, pues se acabó a tortas. Se podía haber jugado del 9º al 12º puesto en estos Juegos Olímpicos ganando a Angola en la frase de grupos. Hubiese sonado a fracaso, claro. Se perdió sufriendo la afrenta del “angolazo”. Y se podía haber despedido con cierta imagen obteniendo la novena plaza, con cierto decoro. Pues no. Se acabó con tangana, a bofetada limpia y con la imagen más triste que jamás se haya dado,  para poner el cerrojazo a esta pesadilla. 

EL EPÍLOGO

La realidad del día siguiente. Ese es el verdadero dolor. Desde la realidad más reciente, no se entendían muchas cosas de este torneo. Evidentemente, la sensación que se echó de menos a Romay o a Morales tras el naufragio del rebote, que no se comprendía el por qué la inclusión de Pepe Arcega por Pablo Laso, cuando Díaz Miguel demostró que ni confiaba en él ni en Tomás Jofresa. Que aunque todo sumó -por supuesto-, pero tras el estrépito deportivo visto, la huelga y los días de incertidumbre y parón, quedaron minimizados y muy lejos en el recuerdo. Con lo que había, se podía haber jugado mucho mejor y no fue así. 

Lo del “este señor, ni un minuto más” refiriéndose a Antonio Díaz Miguel, era un hecho. Doloroso, pero un hecho. Quienes tenían apuntado sus pecados, los expusieron todos encima de la mesa en este momento. Desde Seúl’88, la cuestión era ir “quemando etapas”, dando oportunidades a jugadores jóvenes. “Si luego ha convocado a los mejores en ese momento disponibles”, denunciaban algunos analistas. La triste verdad es que Antonio deseaba seguir en el cargo lo más posible, aunque la buena sintonía con los jugadores, a estas alturas, ni existía. Y así es muy complicado. Tenían un sentido del deber por representar al Equipo Nacional, por encima de una relación ya empobrecida con el entrenador, que en nada tenía que ver con lo vivido diez años antes.

Rafa Jofresa fue el único base en el que confió Antonio Díaz Miguel.
Rafa Jofresa fue el único base en el que confió Antonio Díaz Miguel.

Antonio Díaz Miguel, que fue destituido de su cargo tras esta cita olímpica, siempre trajo innovaciones al juego de la Selección Española incluso en sus últimos años, de las que, por desgracia, no se sacaron partido en el resultado final. En el Mundial de Argentina’90 se jugó francamente mal, igualmente en estos Juegos, donde esperábamos ese matiz táctico para tapar carencias, que no lo hubo. Se echó de menos cierta coherencia, erosionando así entre los aficionados, en un capítulo más, el fetiche que suponía para todos nuestro Equipo Nacional

Porque aquello sí fue motivo de orgullo, incluso cuando la liga y el baloncesto en general, provocaba atenciones las justas en nuestro país. Allí se presentaba ese pintoresco señor de flequillos peinados con la mano y gafas vanguardistas, con su peculiar movimiento de manos cuando hablaba con su vehemencia característica en un plató televisivo, como representante de todo aquello … y nos provocaba una ilusión, que cuando llegaba su turno, joder, que nos poníamos más contentos que todas las cosas. Sí, contaba con un gran equipo, ídolos para todos nosotros, a principios de los 80, pero Antonio nos inspiraba devoción y una seguridad inquebrantable en que, lo que íbamos a ver en los días siguientes, nos iba a encandilar. Porque traía sus libretas cargadas desde Estados Unidos y porque exhibía matices en el juego, que en Europa y jugando frente a las mayores potencias, parecían de otro planeta. Y se les volvía locos. Y se les ganaba.

 Por eso, desde aquí incidimos en la injusticia que ni tan siquiera el tiempo ha borrado, de no ver todo el escenario al completo. Barcelona’92 queda resumido como el “angolazo” y el fracaso de Díaz Miguel. Y un poco sí es cierto, pero chirriaron más estructuras y no era para denostarlo de tal forma. Este señor fue muy grande en nuestra historia. Tras la máxima cota, aquella que pensábamos que nunca más repetiríamos, una final olímpica en el verano del 84 y unas flamantes medallas de plata colgadas del cuello, lo que llegó fueron temores por su parte, manejando la mejor generación de jugadores jamás vista, aún en edades muy jóvenes. Y esto fue un gran problema.

Y de ahí, tropezones. Y de ahí, un afán por mantenerse en un puesto que daba más sombras que luces. Siendo honestos, no debíamos exigir puesto en los campeonatos posteriores, pero nadie nos puede negar que acabábamos con una sensación de decepción que, con los campeonatos puestos sobre el tapete, se podía haber hecho más. Y se nos iba de las manos el día “D” con Australia en Seúl’88 e Italia en Zagreb’89 y frente a Grecia en Argentina’90. Derrotas que nos llevaban al hoyo. El colofón a esta retahíla fue Barcelona’92. Pero vivimos días de gracias antes. Y eso no nos lo quita nadie.

Han pasado 30 años, Antonio Díaz Miguel falleció hace más de 20, como su asistente Lluis Cortés, como recientemente el perenne delegado, el bilbaíno Manolo Padilla. Queda -y esperemos que con mucha cuerda-, Paco Binaburo de aquel staff. Es francamente difícil abordar temas con gente fallecida, por eso en Endesa Basket Lover, tratando este infausto verano del 92, que no por trágico no deja de resultar histórico quisimos ser veraces, no eludiendo tampoco ciertas opiniones.

Antonio Díaz Miguel, un mito de nuestro baloncesto, que se fue desgastando.
Antonio Díaz Miguel, un mito de nuestro baloncesto, que se fue desgastando.

Si lo piensan, nuestro baloncesto no era tan grande como pensábamos. Era una maquinaria gigantesca que movía mucho alrededor, eso sí. Creíamos que con Ferrán Martínez, Azofra, Morales, Cargol… hubiésemos logrado algo más. Y puede ser. Pero la Selección Española siguió su curso y, con todas estas ausencias en la plantilla ya incorporadas en citas posteriores, ya ven lo que conseguimos (y por supuesto, con el mayor de los cariños y respeto a todos aquellos protagonistas). Tener delante en los Juegos de Barcelona a Detlef Schrempf, a Dino Radja…Ees que estábamos muy, muy lejos de eso. 

Es curioso que el baloncesto español, a raíz de la medalla de plata de Los Angeles, tuvo una ebullición de la que salieron la mayor cantidad de jóvenes promesas de nuestra historia a finales de los 80. Y de repente, vemos ganar en los campeonatos de España junior a la Penya, al CAI Zaragoza, a Estudiantes… No era solo cuestión de Barça y Madrid. Y todos aquellos jugadores-promesas, crecieron y engordaron nuestra ACB sumándole su calidad por muchos años, elevando el nivel competitivo y haciendo que, la base del triángulo, fuese más ancha que nunca. Pero cierto es que la cima quedó algo mellada, porque entre ellos, tampoco apareció nadie especialmente descollante para despuntar en la Selección Nacional, volviéndonos a remitir a los resultados de los años siguientes, con su trasiego entre penumbras.

Con los años, uno se da cuenta, incluso trasladándonos a aquel momento y aquella sociedad, que el tercer extranjero no quitó apenas trabajo a nadie, que aquello era más una milonga que una realidad. Que asustaba, pero no era cierto. A finales de los 90 apareció una generación de chavales jóvenes, que ya les podían poner un extranjero, tres o veinte, que iban a jugar e iban a ser santo y seña de nuestra liga, nuestra Selección y nuestro baloncesto. Al final juegan los buenos, aunque esto no quita que hay que trabajar y apostar por la cantera, con la obligatoriedad de tener paciencia con sus resultados, que unos tardan más en florecer que otros. 

Y esta fue la historia de Barcelona’92, con todas sus aristas. Un tiempo en el que se afianzaban estructuras, con sus errores y sus eurekas, que vio que tocaba remar de nuevo para seguir el curso correcto. Un descalabro histórico que pudo ser un baño de realidad delante del espejo. Cruento, pero quizás debía ser así para asumir lo que nos esperaba con el inicio del siglo XXI en nuestra Selección. En nuestras vidas. De ahí su valor.

CAPÍTULO 01: La pesadilla española en Barcelona’92

CAPÍTULO 02: La pesadilla española en Barcelona’92

CAPÍTULO 03: La pesadilla española en Barcelona’92

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