RETRATO Nº 118: Mike Phillips, la épica en gigantes de otra época

Desde Endesa Basket Lover queremos vuestros recuerdos. Que forméis parte de la historia también. Momentos que marcaron vuestras y nuestras vidas, imágenes que sirvieron para inmortalizarlas. Y eso es lo que queremos, enmarcar todos esos retratos, que forman parte un poquito de nuestras vidas. Cada semana os mostraremos una instantánea para que nos cuentes dónde y cómo lo viviste. Seguro que sirvieron para enamorarte aún más de este deporte. Cuáles eran tus expectativas a partir de ese momento, qué supuso para ti aquel día, cómo lo recuerdas. Siempre hay historias alrededor de estos retratos, algunas incluso que ayudan a acrecentar su épica. Siéntete partícipe y háblanos de tu experiencia. Endesa Basket Lover servirá como tablón y escaparate. Estamos deseando escucharte. 

RETRATO Nº 118: Mike Phillips, la épica en gigantes de otra época

Liga 86/87: Gin MG Sarriá 89-86 Caja de Álava (20.12.86)

Eran los tiempos de los reyes del poste bajo. De muchísimos menos espacios que en la actualidad. Y, si eras base, al “ogro grande” que tenías como compañero, había que darle “de comer”, que para eso estaba bregando en la zona por ganar una posición. Un tiempo en el que al fin los árbitros entendieron que se podía permitir contacto -a veces, durísimos- en la batalla entre pívots. De, simplemente, querer uno el espacio que ocupaba el otro. Y cuando alzaba la manaza y pedía el balón, había que estar muy atento, puesto que se debía hacer exactamente eso: pasarles el balón. Milimetrado, justo donde lo pedían en las zonas zona sobrecargadas de jugadores. Y el ejercicio parecía sencillo: recibir y anotar. Recibir y anotar. Una y otra vez. Y si eras aficionado del equipo contrario, todo aquello te exasperaba. “Pero, a este tío, ¿quién lo para?” parafraseando al gran Lalo Alzueta. Pues eso era Mike Phillips

Nos entusiasma esta fotografía y por eso la hemos recuperado en RETRATOS DE UNA VIDA, porque explica el encanto de un tiempo en el que los pívots eran los cotizados, los dominantes. Había un puñado de iconos que engrandecían su estampa con resultados. Si eras un equipo de la zona media de la tabla y tu pretensión era subir algunos puestos, el axioma era fichar a uno de aquellos, porque te iría bien. Y Mike Phillips era, por supuesto, uno de aquellos. “Yo soy eso que vosotros llamáis pívot-pívot”. Grande, con 2,08 de estatura, ancho, con un trote que parecía retumbar el recinto, llegaba a la zona y comenzaba la batalla en la pintura, aún por recibir. Cuando veía el uno contra uno claro y el defensor a su espalda, pedía el balón y comenzaba su “circo”. Ni se movía ni lo movían. “He tenido la suerte de contar con grandes bases en mis equipos. Primero Nacho Solozábal y luego Quim Costa. -posteriormente, conoció a Joe Alonso y Joan Creus-. Es una gran ventaja”. 

De espaldas al aro, chocaba con el pecho del defensor para sentirlo, para hacer saber que ambos, en un espacio mínimo, él tendría las de ganar. Una finta, un bote y se elevaba con la majestuosidad que vemos en la instantánea. Tiros a una mano, donde el balón parecía un peso muerto que, aun golpeando el aro, nunca era repelido, sino que acababa entrando. Su maestría pasaba por ese toque especial, suave, de aquel esférico que parecía pequeño entre su manaza, un balón inteligente con un solo objetivo. Su dominio de la tabla era apabullante, pues era su aliada cuando los marcajes eran férreos y los tiros complicados que, tras un impacto con el cristal y un baile a círculos sobre el aro, finalmente tocaba la red. 

La espalda maldita de un histórico americano que tuvo el F.C. Barcelona en los 70, Bob Guyette, le avisaba que tocaba retirarse y en 1979 aconsejó al club sobre un chaval que conocía y que con la universidad de Kentucky había quedado campeón NCAA un año antes, siendo pívot titular. Llegó al filial azulgrana, el Mollet, que jugaba en la máxima categoría de nuestro baloncesto y, aunque “en aquel pabellón hacía mucho frío. Mucho”, Phillips promedió 27,9 puntos en la campaña 79/80 como para hacer ver que calidad tenía más que sobrada para ser azulgrana. 

Hay noches que marcan una carrera. Y una visita del inaccesible Maccabi Tel Aviv en Copa de Europa ante el F.C. Barcelona en enero de 1982, sirvió para que Phillips se creciera (26 puntos) y mantuviese a raya a los inabordables Perry&Williams. El Barça no ganó (97-99), pero como tituló El Mundo Deportivo, “rozó el milagro”, que por aquel tiempo, se estaba en esas. 

Otra de aquellas, en el Júver Espanyol, club que había ascendido un año antes y que se encomendó a los hombros de nuestro protagonista, tuvo en gracia una noche y poder clasificarse para la Copa del Rey en la temporada 85/86 que, en aquel tiempo, tan solo la jugaban los cuatro primeros equipos. Y perdieron en Zaragoza (89-85), pero es difícil olvidar que, de esos 85 puntos, él anotó 45, en un alucinante 21 de 25 en tiros de campo, más 15 rebotes. Paradójicamente, falló los dos tiros libres decisivos y se quedaron sin premio.  

El entrenador Manel Comas fue su mayor valedor, siendo su primer y último entrenador en ACB en un periplo de 10 años. Entre medias, dos años en el Círculo Católico (reconocido bajo el sponsor de Licor 43), donde logró unas semifinales ligueras el año en el que Mike Phillips promedió 29,2 puntos y 10,4 rebotes.

Pero nos quedamos con esta fotografía. El dominio de aquel gigante de incontables tretas en la zona para acabar anotando, siempre con sus perennes y aparatosas rodilleras, “la gente pensaba que tenía mal las rodillas. Y no es verdad. Tengo tendinitis de manera eventual, pero no tengo más problemas”. Por desgracia, una lesión grave en una de ellas, cuando Rickey Brown se le cayó encima, lo apartó definitivamente de la ACB en 1989. 

Phillips falleció en abril de 2015 con 59 años de edad. Nuestro baloncesto ochentero, aquel de los años de oro, no se entendería sin tipos como este, sin tiros como este, que mostraban a la grada, la belleza de la -supuesta- sencillez. Recibir y anotar. Recibir y anotar. Era tal cual. 

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