EDITORIAL Y DESPEDIDA DEL MUNDIAL MALAGUEÑO

Por Antonio Rodríguez

Pues adiós a este Mundial sub 17 disputado en Málaga. Como era de prever, Estados Unidos se ha coronado campeón, como en todas las ediciones desde que iniciara su travesía en 2010. Eso sí, con el alegrón -reconozco que, por nuestra parte, algo inesperado- de ver a una Selección Española mirándoles de tú a tú, superándoles en una primera parte primorosa en la final y sobre todo, con esa sana chulería del “¿en el Martín Carpena, ganarnos? Pero ¿de qué vais?”. Creerse superiores y tan competitivos, fue una bendición y el mejor recuerdo que me llevaré de estos 10 días en Málaga. 

La verdad es que sea en Alhaurín de la Torre, San Pedro Alcántara o el Martín Carpena, un gusto ser testigo de cuantos encuentros uno puede asistir y degustar de las 16 selecciones, entre atenciones organizativas (gracias a todos. La Federación Española se ha preocupado muy mucho por ello y de bien nacidos es ser agradecidos) y buen baloncesto. Lástima que la competición, en sí, no ha dado el nivel que esperaba cuando bajaba a tierras malagueñas al volante, fantaseando con todo lo que allí vería. No esperaba el nivel tan bajo de selecciones como Argentina o Canadá, otrora equipos que daban una vidilla especial y quebraderos de cabeza a los favoritos. Vale que uno no espera siempre un Kevin Pangos o Andrew Wiggins por unos, o un Garino, Vildoza o Deck por otros. Pero algo más de “chicha” de la que dieron, sí esperábamos. Es una cuestión de camadas y generaciones y en estas, pues no tocaba. Por lo que, una Serbia correctita tan solo, una Polonia respondona hasta lo que pudo, Eslovenia con lo justito y una Australia que tenía muy buenos jugadores para el futuro, pero se sostenía con 4 hombres y pocos más, dieron paso a los únicos que podían ser los semifinalistas: USA, Lituania, España y Francia.

Repetimos que, Estados Unidos ganó porque volvieron a ser los mejores en un plantel que puede ser el más flojo de los que ha llevado a esta cita jamás. Por eso, el pellizquito a nuestro corazón porque la oportunidad de vencerles estuvo ahí, sí que lo percibimos. Pero fueron mejores y no hay más vueltas. No solamente en la presión defensiva, de la que su misión no era robar balones o, ni tan siquiera forzar malos pases (que alguno tuvieron los nuestros), sino que iniciásemos las jugadas con 10 segundos de posesión tan solo. Ahí, a nada que eran agresivos defendiendo a nuestro base, escasas opciones de anotar daban en los segundos que restaban. Sino que su ataque, bastante farragoso en los primeros 20 minutos (aunque ya dieron alguna pista), varió lo necesario en el tercer cuarto supieron sacarle partido penetrando en uno contra uno como ellos saben y ayudados por hombres que, jugando con la línea de fondo buscando la espalda de la defensa o cortando a canasta, aparecían de la nada para recibir bajo el aro. Y si fallaban, era tremendo el ataque que hacían al rebote ofensivo. Más luego esa capacidad de unas manos rapidísimas, auténtica distinción del resto del planeta. 

España fue justísima medalla de plata. De verdad, piénsenlo de nuevo, porque de estas no tenemos muchas: medalla de plata en un Mundial. La generación que venía tiene olor a muchos triunfando en ACB y algún otro siendo tanteado por la NBA. Hemos tenido la suerte de contar con una generación terriblemente física, con unas condiciones atléticas como no habíamos visto antes y cargados de talento y convicción por ganar. Por ello, ahogaron hasta el extremo a los ordenados australianos y por eso, a base de echarle bemoles junto al talento y al físico, se venció en semifinales al equipo quizás con más atletas de todos: Francia. El que se diluyeran jugadores que serán estrellas en un futuro (sobre todo Zaccharie Risacher) da la temperatura de lo que España forzó la máquina para llegar a la final. Y esta fue un regalo. 

Tenemos unos representantes que estaban convencidos que podían ganar. Lo primero porque han ganado y ganan muchos partidos a lo largo de sus cortas vidas deportivas y ya saben moverse con naturalidad en este horizonte. Y lo segundo porque, por estilo de juego, Estados Unidos les venía mejor que un Australia, por ejemplo. Ser alegres, forzar en transiciones, en “comerse el aro” y mostrar a las claras, a campo abierto, todas las posibilidades, es algo con lo que se sentían muy a gusto. Robar balones ¡a los USA! y acabar en un mate como el de Hugo González, es la rúbrica al contrato de lo que se pretendía en esta final. Ver a toda una selección estadounidense con el recurso del triple en sus ataques (porque en el resto de facetas, estaban obnubilados) durante el primer cuarto, era como para elevarnos a todos los espectadores un metro por encima del suelo. Eso no se pudo mantener y, sin un dos contra dos potente que ofrecer, sin jugar con la línea de fondo o con un tiro exterior que resultó irregular, el sueño se fue descascarillando poco a poco. Pero, de verdad, olé por los chavales, que se portaron como unos fenómenos. Sabíamos que nos harían sentirnos orgullosos de ellos, pero esta vez superaron nuestras expectativas. 

Siempre recordaremos un Martín Carpena fantástico, hasta la bandera y una afición que, conociendo los soniquetes de la orquesta que ameniza habitualmente los partidos de Unicaja, se volcaron todos a una en cánticos y una presión ambiental extraordinaria hasta impresionar a los propios yanquis. De eso estamos seguros. Fue el marco perfecto. La afición malagueña, de lujo, entre otras razones porque Málaga es una ciudad de baloncesto… y no solo es Unicaja. El baloncesto extiende sus redes por multitud de poblaciones donde a los niños se les enseña -y muy bien- a jugar, donde hay ya una enorme tradición en Marbella, en Coín, en Alhaurín, en Estepona… en muchos de sus rincones. Por eso, lamentamos la casi nula promoción de este evento en la provincia. La gente fue al Carpena porque son asiduos aficionados de Unicaja, que tenían ofertas en las entradas y que ya sabían de estos mágicos días. Pero nos encontramos algunos restaurantes desbordados en los aledaños de los otros pabellones por encontrar más clientes de lo habitual, debido al desconocimiento del torneo.

Repetimos que el baloncesto en Málaga no es solo Unicaja y es posible que aficionados e Alhaurín, San Pedro y poblaciones colindantes, quizás les hubiese gustado disfrutar de ver futuros jugadores NBA, de poder decir dentro de un puñado de años, que ellos vieron en directo a Cooper Flagg o Rocco Zikarsky, como hoy pueden decir de Andrew Wiggins o Jaren Jackson Jr. Que uno proviene de provincias y también de una generación en el que sí leía a posteriori y no con poca expectación, de este tipo de torneos, por la imposibilidad de verlos en directo. Si la apuesta de los mandatarios políticos era traerlo a Málaga, con los condicionantes de ser un Mundial (aunque sea sub 17) y sobre todo que España podía hacer algo muy bonito porque tenía potencial para ello, era para promocionarlo por calles, emisoras o redes. Fue el único ‘pero’ a una ciudad amable que nos regaló 10 fantásticos días de plata. Que también reluce y mucho. Y más con el sol de Málaga.