ESPAÑA, COMENZAR REMANDO

Dos días de campeonato para ser conscientes de lo que va a costar tener éxito en esta Copa del Mundo U17. La derrota ante Lituania en el debut (68-71) sitúa a España en un lugar de subir más la guardia y mirar a la meta un poco más arriba de lo pensado. Es un traspiés y toque de atención, por suerte, nada decisivo. La victoria ante los débiles japoneses (109-60) es ese baño de autoconfianza muy conveniente para quitar cara al desencanto. 

Lituania es siempre correoso y sobre todo que, con 16 y 17 años entre sus compatriotas, sean capaces de jugar como profesionales. Con sus tablas y su templanza. Y un base, Justas Stonkus (24 puntos), que entendió lo que había que hacer para ganar, tras unos minutos iniciales de España que impresionaron. Mantener la calma, pensar que sus piernas son tan explosivas como la de la línea exterior de los anfitriones e insistir, en los cortes como factor sorpresa, que el daño estaba ahí, para adentrarse en el bosque de las oscuras sombras de Aday Mara e Izan Almansa y repartir balones doblados, cuando no él sentenciaba hasta “la cocina”. Nuestra enhorabuena a un combinado que supo esperar, que aún viéndose 14 puntos por debajo (43-29 en el tercer cuarto), reconoció el terreno y forzó un parcial de 0-17 para situarse por delante y a partir de ahí, no perder el liderazgo más que 44 segundos al inicio del último período tan solo. 

Hugo González, un claro ejemplo de la enorme capacidad de España.
Hugo González, un claro ejemplo de la enorme capacidad de España.

A partir de aquí, hablemos que España tiene un equipazo. Con este plantel, no se puede otra cosa más que pensar en lo más alto. Buscar las semifinales, es una meta de la que se puede pensar. . Es una exigencia y una presión porque los chavales lo valen. La colección de talento acumulada quita el hipo, la estatura de nuestros pívots asombra,y la colección de prototipos que parecen diseñados como robots en la línea exterior, físicamente perfectos, hace temblar las “canillas” del rival. Y así se alzó el telón en el pabellón “El Limón” de Alhaurín de la Torre (por cierto, enhorabuena organizativo a una provincia, Málaga, que respira baloncesto por los cuatro costados). 

Los jugadores dirigidos por Javier Zamora crearon una presión asfixiante al balón en los primeros minutos, con uno contra uno defensivo primoroso. El tener dos pívots titulares de la envergadura de Mara y Almansa provocaba tener protegido casi siempre el aro. No importaba ni era un hándicap que uno de ellos saliera a puntear un tiro a 7 metros. Luego, la confianza absoluta en capturar el rebote defensivo y a partir de ahí, pase de apertura y a correr. Con la lección bien aprendida de, tras coger el rechace, mirar al horizonte y pasar a algún compañero ya en carrera, los contragolpes parecían ser una alfombra roja en la que los nuestros sacaban réditos y se lucían. Y los aplausos de la concurrencia bien que se notaban, agradeciendo el derroche y las ganas de agradar. 

Aday Mara ya es un sabio del poste bajo. Con 17 años, acumulado este año 60 minutos en LEB Oro, muestra su dominio cada vez que recibe, saca codos y mira. Con su conocimiento, el tiempo se ralentiza y busca la mejor situación. Toca jugársela o toca pasarla. O mejor aún, toca esperar a que llegue el dos contra uno y con la ciencia de saberse superior, observa el desajuste y toca sacar el balón, al sitio preciso. Izan Almansa, cuando el tiempo apremiaba en el último cuarto y la desventaja era una más que complicada aventura por remontar, tuvo varios gestos también en poste bajo, con ambas manos, magníficos. A sus interminables brazos, pocos pueden llegar. 

Aday Mara, decisivo para todo.
Aday Mara, decisivo para todo.

Lucas Marí tiene una fe en sus posibilidades encomiables. Base, escolta, lo que le echen. Tiro exterior cada vez mejor, a cada pisada cuando entra a canasta, retumba el pabellón, porque el chaval es vertical, que no le tiene miedo a nada en la pintura del adversario. Misma fe profesan Sergio De Larrea, Conrad Martínez, Lucas Langarita o Hugo González, como los más importantes y desde el banquillo, más en un segundo plano, Rubén Vicente, Bruno Vidarte, Álvaro Folgueiras, David Barberá y Abel Delicado. Decían de los jugadores salidos de la antigua Yugoslavia que el hambre por mostrar su baloncesto fuera de las fronteras del país, era como un punzón que aguijoneaba, que su ambición partía de la carestía de los tiempos. Quizás en estos chavales, nuestros representantes de hoy, ante una sociedad convulsa e inestable que ven al salir a la calle, les apriete en el orgullo para apretar los dientes y, no solamente ser profesionales del baloncesto, sino los mejores profesionales de baloncesto que puedan ser. Por eso es una camada que, aportando de su talento, tienen un futuro más que brillante. Que el compañerismo y generosidad en la circulación de balón hace la soga más ancha para subir hasta la cumbre. Un balón que pasa de unas manos a otras con una rapidez endiablada, hasta encontrar al tirador abierto. 

Vale, y tras estas loas hacia nuestros jugadores, ¿por qué se perdió con Lituania? ¿Por qué, cuando los análisis más optimistas -que a veces queman- daban como rivales a Estados Unidos, Francia o Australia, ahora hace que en ese grupo se sumen eslovenos, polacos, serbios y los mismos lituanos? Pues porque supieron ver nuestras debilidades y trabajaron sobre ellas para derrotar a nuestros representantes. Ellos jugaban con cortes a canasta, aprovechando la velocidad de arrancada para recibir en tales cortes y permitirse combatir con nuestras torres (reiteramos nuevamente a Stonkus, que no solamente fueron 24 puntos, sino que a su 6 de 9 en tiros de 2 puntos, llegó a forzar hasta 9 tiros libres, anotando todos). Que falló la colocación de nuestros interiores en momentos puntuales, no solamente para ver cómo Stonkus rompía una y otra vez, sino para el posterior rebote ofensivo si alguien de nuestros pívots intimidaba como para provocar el fallo (ahí es labor de todos). 

Justas Stonkus nos enseñó el camino para corregir errores.
Justas Stonkus nos enseñó el camino para corregir errores.

Luciendo de pívots resolutivos, veíamos en las más ocasiones que el balón se metía al interior en el primer pase, como primer fascículo para romper las defensas. Que se sacaba y la circulación exterior parecía ser un recurso demasiado protagonista. O mejor dicho, demasiado protagonista era la resolución final, el lanzamiento triple, a esa circulación de balón. España es el tercer equipo que más triples ha lanzado del campeonato (56 en total, solo por detrás de Polonia y Egipto), para un acierto de 17. Estamos hablando de un 30,4% con el condicionante que uno de los rivales, Japón, no está preparado a los niveles a los que España pretende competir por medalla (7 de 30 el día de Lituania). ¿No es demasiado sacrificio teniendo los pívots más resolutivos de TODA la competición (y lo podemos decir con conocimiento de causa, tras haber visto a las 16 selecciones participantes)? En muy pocas ocasiones hemos visto que estos pívots sean los últimos receptores del balón, para finalizar jugada una vez movida la defensa. Tipos que dominan el uno contra uno en la cercanía de la canasta. Pocos pases a sus continuaciones hacia el aro cuando bloqueaban. En el último cuarto del debut, cuando la derrota amenazaba y mucho, vimos una conexión entre Mara-Almansa, en juego poste bajo-poste alto. Conversaciones entre ellos y chequear que el daño lo podían causar ellos. Que Lucas Marí es un tanque entrando a canasta, pero con poca ayuda y en decisiones individuales, los lituanos le esperaban en pelotón para forzarle un mal tiro. 

En fin, que el epílogo es que fueron errores puntuales. El primer día, que es lo importante y que hay solución. Capacidad más que sobrada para corregir y mejorar en la pista y desde la dirección en el banquillo, que tenemos una oportunidad perfecta de hacer algo muy bonito. En un Mundial. En casa. 

 

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