FINAL 2022: EL CERROJO DEL REAL MADRID A UNA GRAN TEMPORADA DE LIGA ENDESA (1ª parte)

Han pasado 48 horas. 48 horas de tantas cosas. El epílogo de la temporada en una final Barça-Madrid. No por repetitiva ha sido esta edición menos atractiva. Al contrario, porque ver dos equipos que se conocían de forma más que sobrada, que han sido testigos directos de sus altos y sus bajos, obligados a competir aferrándose a sus creencias con sus dedos ya cansados, en 68 encuentros de liga regular, una Copa, una Supercopa, Playoffs (en ambas competiciones) y Final Four, daría tonalidades ocres de crepúsculo con los verdes esperanzadores. Los ajustes, las pretensiones de los entrenadores como biblias que llevan al éxito, estaban claras en el papel. Sin embargo, las fuerzas iban ya justas.

Y entre tretas tácticas y exigencias desde la banda a repetir lo entrenado durante tantos meses, todo queda en folios lanzados al aire porque, a estas alturas, el plus lo da tener fe, fuerza mental superior a un rival en el que cada protagonista se autoconvence que el otro está más cansado y un instinto, que a veces el juicio se aparta ante el más básico, el de la triquiñuela infantil si cabe. Si funciona, bueno es. 

El Real Madrid se proclamó campeón de Liga Endesa 2022 por unas circunstancias muy notorias que hicieron finiquitar la serie en cuatro capítulos. De aquellos tropezones en liga regular en casa, ante Baskonia, o Manresa o Bayern Munich, este escenario no se pintaba. Ni remotamente. Tuvieron a un buen número de jugadores lesionados, pero también otros a un nivel más que notable, a diferencia del F.C. Barcelona, que como veremos en la actuación individual en el siguiente artículo, no estuvieron en la cúspide, maldiciendo la impotencia de que su momento culmen, ya pasó. 

Esta serie final ha tenido mucha historia, comenzando por un entrenador que vio los más encuentros desde casa, recuperándose de una fatalidad edulcorada en un susto. Que Chus Mateo a los mandos mostró, con toda naturalidad, el conocimiento tanto del rival como de sus propios jugadores habitual en él, solo que ahora le tocaba mandar. Y lo hizo de diez, con la templanza de siempre, la misma de Unicaja y Fuenlabrada como previas experiencias, solo que en otro escenario y otros personajes. Aquí hay más focos, todo reluce más, tiene más dimensiones … y es más exigente. Y la naturalidad con la que tomó todo, reconforta. “Es que mira como estoy” decía, cuando se le reclamaba a la entrevista de pista tras ser campeón. Pues quizás, Chus, las lágrimas que pretendías esconder por rubor, era lo que todos desde sus casas querían ver. Tan naturales y exitosas al mismo tiempo. 

El Barça lo intentó, vaya que lo intentó, pero no supo frenar una legión que se movían por encima de sus cabezas. La polivalencia y capacidad atlética del plantel de Jasikevicius, planificado y estructurado sobre esa base, vio otra batalla por encima de ellos, de baloncesto rival de posiciones más concretadas, con pívots siendo pívots y donde el resto fueron cuchillas cercenando hacia canasta a gran velocidad, porque miren que insistió el Real Madrid en convertir cada transición en contragolpe. Grabado en sangre. Esta fue una de sus claves, pero desgranemos alguna más. 

Poco tiro exterior, toca exprimir todo lo demás 

Adam Hanga tuvo que ejercer de base por obligación y resultó ser fundamental, como en tantísimos partidos ya tuvo que aceptar tal tarea con Svetislav Pesic en Barça, al que cogió el gusto en ello. Primero, porque convirtió las más transiciones en contragolpes y, en carrera, fue muy complicado neutralizarlo (16 puntos al descanso del primer partido, ayudando a los 49 del Real Madrid, que activaron las primeras alarmas en el Palau Blaugrana). El Real Madrid sabía que no ganaría la final con triples e incluso, dio como normal su pobre 27,2%. Iba en el guion. 

Por ello había que correr, forzar los puntos en la zona, encontrar posiciones de media distancia (sí, de media distancia) y tener más posesiones que los azulgranas. Hanga es un buen ejecutor en el uno contra uno y el dos contra dos y había que clarificar el camino. Una buena circulación de la pelota, pasando obligatoriamente por los pívots, para volver a sacarlo, fue el pan con aceite de los de Mateo. Porque una vez allí, se podía entrar con más facilidad, con los pívots azulgranas ya desplazados de su posición. Claro, Hanga, Deck, Causeur… entre los tres, 47,3 % en tiros de 2 puntos, con la complicación que conlleva la velocidad del kamikaze en la tarea. Pero lo vieron claro: movida la defensa, era hasta adentro. Y si era un dos contra dos, la merma en el desplazamiento de Sanli con su tobillo maltrecho reculando de forma constante, lo aprovecharon. Saras gritando “¡falta! ¡falta!” desde la banda como solución, que no vio en muchos casos. 

En parte de este “todo lo demás” también entraba la defensa. A los cambios automáticos, no había merma. Los tres exteriores mencionados, tiraban de físico y podían parar a los interiores barcelonistas hasta que llegaba la ayuda o daban un manotazo al balón en el bote del adversario. Apunten aquí a Rudy Fernández. A siete balones de esta guisa logró anticiparse, para sacar contragolpes. En global, 35 robos en los blancos y 38 balones perdidos del Barça. Brandon Davies debiera haber sido el elemento que resquebrajase este mapa, dominando en el poste a los pequeños ante el atisbo de cualquier ayuda, pero no estuvo al nivel exigido esta vez. 

El drama del rebote

En pocas ocasiones -y menos en una final liguera- hacemos la siguiente comparativa: 

  • Rebotes defensivos del Barça: 95
  • Rebotes ofensivos del Real Madrid: 59 
  • Total: un 38% de los rebotes en el tablero azulgrana, se escapaban en manos del Real Madrid. Y por momentos, pareció más apabullante. 

El Barça supo detener la hemorragia en el último encuentro (31 por 11) y por ello tuvo opciones de ganar (hasta el triple de Fabien Causeur que decidió), pero el mal en tres capítulos anteriores, ya estaba hecho. Era una demasía de posesiones para el Real Madrid que, sumado a las citadas recuperaciones, presentaban un escalón demasiado alto. Y sí, hubo momentos de Tavares que capturaba el rebote por encima de sus rivales, aun estando bien bloqueado. Pero aquí se suman los balones sueltos, los “50/50” que definía el comentarista Sitapha Savane, donde los madridistas mostraron más empuje y más ganas. 

Estudio metódico en todo

Repetimos: en 7 ocasiones se habían enfrentado ambos rivales durante la temporada 21/22 y el estudio en ambos era más que claro. El Real Madrid sabía en qué momento tocaba saltar sobre los balones bombeados a Mirotic, para interceptarlos, para ejecutar un dos contra uno si fuese preciso, dónde se daba el zarpazo, cuándo era el momento para entrar al rebote y dónde y frente a quién se atacaba el aro en estático. Era todo milimétrico. Por parte del Barça, cuándo meter el balón, sacarlo y volver a entrar (igual que el Real Madrid), excepto con la diferencia que debían volver a dar un pase más al exterior y que finalizasen los tiradores. Lo que era en los blancos el último tiro en la zona, en los culés tocaba hacerlo desde el exterior las más veces. Por ello, quienes han dado mejor imagen en el Barça junto a la estrella Nikola Mirotic, han sido Kyle Kuric y Rokas Jokubaitis. El estadounidense de Indiana (50% en tiros de campo, 47,1% en triples) fue el mejor (10,5 puntos) tras Mirotic (15,5 puntos) y sus triples bien defendidos y la sapiencia técnica de la finta, bote y suspensión, otorgó bastantes alegrías de las pocas en la parroquia azulgrana durante esta final. Todo era una secuencia de segundas, terceras y cuartas opciones. Y en defensa, la terrible exigencia de cambiar de asignación a cada bloqueo en ambos equipos, dejó de manifiesto el cansancio y falta de concentración por momentos. En los interiores sobre todo, cuando tocaba proteger el aro de una entrada o de un rebote. Tanto Yabusele como Smits han sentido esa fatiga más que nadie y han visto cómo sus compañeros alertaban tales desconcentraciones, con un “ese era tuyo” entre tanto movimiento y rotaciones.

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