RETRATO Nº 115: Gheorge Muresan, el gigante más amable

Desde Endesa Basket Lover queremos vuestros recuerdos. Que forméis parte de la historia también. Momentos que marcaron vuestras y nuestras vidas, imágenes que sirvieron para inmortalizarlas. Y eso es lo que queremos, enmarcar todos esos retratos, que forman parte un poquito de nuestras vidas. Cada semana os mostraremos una instantánea para que nos cuentes dónde y cómo lo viviste. Seguro que sirvieron para enamorarte aún más de este deporte. Cuáles eran tus expectativas a partir de ese momento, qué supuso para ti aquel día, cómo lo recuerdas. Siempre hay historias alrededor de estos retratos, algunas incluso que ayudan a acrecentar su épica. Siéntete partícipe y háblanos de tu experiencia. Endesa Basket Lover servirá como tablón y escaparate. Estamos deseando escucharte. 

RETRATO Nº 115: Gheorge Muresan, el gigante más amable
Liga Europea 92/93: Estudiantes Argentaria 82-84 Pau Orthez (05.11.92)

En la temporada en la que Arvydas Sabonis fichó por el Real Madrid, enfrentándose en Liga Europea ante los mejores, el Pau Orthez, englobado en su grupo (el mismo donde jugaría Estudiantes), llegaría a la capital del España con un jugador rumano para quitar aquel sobrenombre con el que bautizó Andrés Montes al gigante lituano, “el rascacielos más alto de la ciudad”. El 5 de noviembre, en la segunda jornada, apareció una de aquellas extravagantes rarezas de la que habíamos oídos hablar, pero nunca ver jugar. Ni Orenga ni Pinone pudieron competir con los 16 puntos y 15 rebotes de Gheorghe Muresan, un pívot de 21 años y 2,31 de estatura que parecía ser un foco dentro de la máxima competición internacional. ¿Circense? Para nada. Sí que era torpe y lento, pero cuando recibía en poste bajo, soltaba su característico gancho o lo más asombroso: una media vuelta en suspensión que, a pesar de su escaso salto, lo lanzaba desde muy, muy arriba, difícilmente parable. Muresan no era ninguna anécdota. “Es potencialmente, un buen jugador” de boca de John Nash, general manager de Washington Bullets, quienes lo eligieron en la tercera posición de la 2ª ronda del draft en 1993. 

Gitza (o Ghita, diminutivo que de Gheorghe, que usaba su madre), había trabajado desde el verano muy duro en las instalaciones del Pau Orthez, club que se arriesgó a su contratación tras haberse enfrentado en dos ocasiones la temporada anterior a su club de origen, el Cluj Napoca. “La primera vez que vino aquí, psicológicamente, era como un niño” comentaba el que era su entrenador, Michel Gómez. “Físicamente, no aceptaba su tamaño. Lo primero que hicimos antes de enseñarle a jugar al baloncesto, era aprender a caminar. Caminaba como un anciano, todo encorvado. Le tuvimos que enseñar a hacerlo erguido, que estuviese orgulloso de su estatura. Antes que pudiera correr, primero tenía que aprender a andar”. Cobrando 300.000 dólares por esa primera temporada en Francia, la Liga Europea era un escaparate extraordinario. 

“Trabajamos con él en el trampolín de la piscina, luego en la pista, haciendo ejercicios de volteretas. Cuando jugábamos un partidillo, siempre le forzaba a que estuviese en permanente movimiento para que se fuese acostumbrando, porque era muy lento en sus desplazamientos”. Muresan estaba encantando en una ciudad no demasiado populosa como era Pau, centrado en un proyecto baloncestístico importante, ensalzado tras la reciente inauguración de un Palacio de los Deportes que, por infraestructura, era la envidia de toda Europa. Su exacerbada amabilidad le abría puertas para todo. Y aprendió también casi de todo allí, incluido sacarse el carnet de conducir. “Una vez conseguido y con mi coche, tuve tres accidentes. En el primero, el coche tuvo que ir directo al desguace. En el segundo, al taller, pero ya tenía arreglo. En el tercero, ni tan siquiera pasó ya por el taller”. 

Era algo lógico en un tipo que llegaba de una pequeña población rumana, en la región de Transilvania, llamado Tritenii, muy cerca de Cluj Napoca. “Provengo de una familia con cinco hermanos. En mi casa -recordemos que aún bajo la dictadura de Ceaucescu- no había electricidad ni agua corriente. Una vez fui al dentista con 14 años (ya medía 2,05 de estatura). Él era uno de los médicos de la selección nacional de baloncesto y me preguntó por mi edad. Llamaron al staff técnico de la selección y me pidieron que me quedara en Cluj. Me quedé ya esa noche. Ya no volví a casa. Eso sí fue más duro, dejar a tu familia y a tus amigos”. Pero en Francia comenzó a ver resultados en los primeros meses de competición, como vimos en Madrid. “Para conseguir lo que deseo, el camino es este. Quiero que mi paso por el baloncesto sea importante”. 

Con sus toscos gestos, era capaz de proteger bien el balón cuando necesitaba de un par de botes para desplazarse y encontrar su posición idónea. Ante la amenaza del “zarpazo del oso” que tanto John Pinone como su aventajado “pupilo” Juan Orenga usaban, sabía cómo zafarse. Pívots mucho más pequeños que él, lo habitual en Europa, usaban tretas como un juego más subterráneo o dos contra uno. Y aquí entraba una insolente capacidad para pasar el balón. Desde su manaza arriba, muy arriba, daba excelsos pases, carnet para ganarse respeto en toda Europa. 

La revista GIGANTES nos lo presentó con sus enviados especiales al Mundobasket junior de Edmonton (Canadá) en 1991, con Alfonso Reyes intentando minimizar su aportación, cuando los nuestros se enfrentaron a Rumanía. Fue el segundo máximo anotador (24,1 puntos de promedio) y el máximo reboteador de la cita. Y aunque con muchos defectos, es absurdo no pensar que impresionaba. Apreciaba las cosas más nimias de la vida cotidiana. Un día, paseando por las calles de Estocolmo junto a Kenny Grant, su agente de ProServ, iban por la calle de los establecimientos de ropa más caros y le preguntó qué le gustaría tener. “Unos guantes. Es mi mayor ilusión”. Su agente se percató que tenía las manos heladas y nunca pudo disfrutar de unos. Por tamaño, acabaron encontrando una especie de manoplas que, en los lugares de mucho frío, se ponen encima de los guantes. Era lo único que encontraron que le pudiese valer. Y estaba encantado. “Nunca reparé en algo tan básico y que desease tanto” recuerda su agente. 

Poco después, un 10 de diciembre concretamente, regresó a la capital de España a enfrentarse a Sabonis y al Real Madrid, el duelo de las alturas europeo. A pesar de un mal partido de los suyos y el claro domino del Real Madrid (que ya vencían al descanso 50-24, para finalizar con un 85-71), Gheorghe Muresan logró 21 puntos y 10 rebotes en 29 minutos de juego, aunque sus estadísticas (6 de 20 en tiros de campo) no fueron nada destacables. Acabó la competición promediando 16,5 puntos y 8,5 rebotes, con un 51,9% en tiros de campo. Con su club llegó a los cuartos de final, aunque siendo la Final Four en Atenas, parecía como que su rival, PAOK Salónica tuviese plaza por decreto, máxime cuando Olympiakos cayó eliminado ante Limoges

En Endesa Basket Lover queremos que todos vosotros nos contéis del recuerdo de aquel jugador impactante en aquellas primeras actuaciones en la élite europea en nuestras pistas. Porque todos sabemos de su carrera NBA, de sus exitosos 4 cursos con Washington Bullets, hasta que lo lastraron las lesiones (rodilla y espalda). Aunque para acabar este recordatorio, sí que daremos algunas pinceladas de sus primeros días. “Estaba aterrorizado por el mero hecho de pensar que mi nombre fuese anunciado en la ceremonia del draft”. Fueron los Blazers de Portland quien más interés mostraron en él. De hecho, Paul Allen, su propietario, viajó a Bucarest para que le hiciesen pruebas médicas, entre otras una resonancia magnética allí. El problema es que la más grande de la capital rumana, estaba preparada para personas de 135 kilos como máximo. Gheorghe pesaba 150 y no se pudieron hacer. Pensaban en el final de la primera ronda, pero esta acabó y para el enfurecimiento de su agente en Estados Unidos, su nombre no salió. Al poco, en la posición número 30 (había 27 equipos entonces en la NBA), Chicago Bulls quiso hacer un intercambio con Washington para poder elegirlo. Y los Bullets pensaron que, ya puestos, lo elegirían ellos. Declaraciones con su intérprete de rumano y cuando le dijeron “di algo en inglés”, no se le ocurrió otra cosa que repetir el manido slogan de la NBA por aquel entonces: I love this game. 

Presentación en sociedad para los medios, donde en su honor, el catering estaba formado por un enorme bocadillo de 231 centímetros y tras unos entrenamientos en uno contra uno frente a Manute Bol entre otros, donde se convencieron que podría jugar en la NBA, tuvo que volver a Francia a operarse de un tumor benigno en la glándula pituitaria. De los Bullets aceptó un contrato no garantizado, de 150.000 dólares, pero viendo su evolución en su año rookie (en mitad de aquella jaula de grillos que suponían los jóvenes y díscolos Chris Webber, Juwan Howard y Rasheed Wallace), perdiendo casi 20 kilos que le sobraban en su cuerpo, acabó firmando una renovación de 5,4 millones por 4 temporadas más. 

Del cine y sus logros en NBA, ya todos sabemos. Repetimos: queremos vuestros recuerdos. Fue un tipo impactante en la pista que debemos recordar. ¡AHORA TE TOCA A TI! 

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