DEL AMPLIO ESCAPARATE NCAA, A NUESTRAS PISTAS

A las inclemencias de la nieve y el frío exterior, la respuesta del calor en el interior. Calor de caldera y ruido ensordecedor. Del que creas en un evento deportivo cuando animas al héroe local, al que identificas como “uno de los tuyos”. No hay apoyo más sincero. En un gimnasio de escasas dimensiones donde conviven apretujados algo más de cuatro mil espectadores, se presenta la rivalidad durante décadas entre universidades separadas por poco más de 22 kilómetros, Akron vs Kent State. Desde el estado de Ohio, desde las mismas tripas del baloncesto estadounidense, un escenario más veraz del basket USA del que solemos ver en los clips de redes sociales, al menos más numeroso y frecuentado allí. Son los billetes de diez dólares que se manejan a diario frente a la “chequera” de los Doncic, Bron y Jokic. Salto inicial y comienza la sinfonía, a veces con acordes grotescos, de juego duro, físico hasta el límite, que los árbitros permiten choques y contactos hasta la estupefacción si no eres de allí. Y la estrella local hace temblar el recinto con un estruendo que moviliza las nieves exteriores. Se llama Enrique. Enrique Freeman, para más señas.

Pívot sophomore (de 2º año universitario) de 2,10 de estatura, brazos interminables, bastante liviano para aguantar la “cera” que se reparte (aunque eso va en el carácter, no en el músculo), pero el tío coge los rebotes con las dos manos muy por encima del aro. Es una versión física del “manresano” Ismael Bako, con menos tablas continuando bloqueos, pero más recursos en el poste bajo, donde está cómodo, con multitud de trucos para zafarse por velocidad de sus rivales. Entre su rapidez y que llega más alto que cualquier rival, en mitad de la jungla que es la Mid American Conference (MAC), de viajes en autobús más que aviones y pequeños y candentes recintos, con más solera que glamour, él consigue dominar. 

Como su entorno indica (conferencia modesta, apartado de los focos a nivel nacional), es probable que cumplimente sus cuatro años universitarios, en busca de su sueño NBA. Y este es el prototipo de jugadores a los que la exigencia de la mejor liga del mundo, les pone a prueba, excesiva prueba y les “invita” a virar hacia la G League, quizás alguna liga oriental o… Europa. Y aquí entra la Liga Endesa, porque en numerosos casos llegan a nuestras fronteras.

 Isaiah Taylor, uno de nuestros mayores valores, desde Texas.
Isaiah Taylor, uno de nuestros mayores valores, desde Texas.

De clubes que deciden tomar riesgos, contratándoles y aventurarse a pasar la dura transición NCAA-ACB, con todas las exigencias que nuestra liga lleva implícitas (que son muchas). Hacerse cargo de un continente y entorno nuevos, una manera de trabajar y hasta de concebir el juego. Son cada vez más lo casos de su mayúscula sorpresa cuando observan el mimo que tenemos en nuestro país por cada posesión, que lo de perder balones o seleccionar mal los tiros, está peor visto a este lado del Atlántico de lo que ellos piensan. Y esto es un punto de su “nuevo manual”. Si en este trasiego a nuestros equipos se habitúan, aprenden y finalmente explotan, suele llevar la etiqueta de temporada exitosa, sobre todo si el plantel en cuestión es modesto. 

Miren el crecimiento el año pasado de Steven Enoch, un interesante -físicamente- pívot de Louisville o un base con ciertas excentricidades en pista, pero cargado de talento en Texas, como Isaiah Taylor. Hoy día son ilustres en nuestra competición. Claro, que tales riesgos, conlleva una lista de jugadores que no acaban de cuajar. Se les ve tan buenos que… Es que vale la pena hacerlo. Se les puede traer directamente o “esperar” tras experimentar en alguna liga algo menor en Europa. Aquí hay mucho del diamante en bruto y cuestión que lo agarre el más despabilado (cuando el euro no abunda). Pero algunos tienen clara marca lacrada que, más temprano que tarde, acabarán teniendo éxito. ¿Tienen alguna duda que Jordan Bone, el base de Casademont Zaragoza, acabará triunfando en breve? A pesar del “oleaje” del plantel este curso, en Endesa Basket Lover, ninguna. 

Jordan Bone, un recién llegado, con buenas expectativas futuras.
Jordan Bone, un recién llegado, con buenas expectativas futuras.

Ahora que está aún reciente la finalización del torneo universitario, cada año abrimos un catálogo con montones de chavales que buscan su oportunidad, con más que demostrada valía. Como en todo, toca extrapolar sus virtudes allí y migrarlas aquí. Olviden el “one&done”, que eso es para la élite y las grandes firmas. Aquí hablamos de un ejército de chicos que se forman a hierro y fuego durante cuatro temporadas, al que se les ve el talento -y se les busca sensatez para habituarse- y se perdona sus indecisiones y falta de experiencia. Sobre todo, cuando sus salarios son “pagables”. Y habrá que encontrarles el sitio, pero no nos pueden negar que un Ryan Davis (universidad de Vermont) es un verdadero jugador de baloncesto. Que el pequeño Jared Harper (Auburn), dando vueltas por la G League, tiene el carácter y la habilidad para acabar triunfando aquí. O que la muñeca de Julian Champagnie (St. John’s), si no tiene hueco en NBA, encantados estarán algunos de acogerla por estos lares. 

De riesgo y precisión va el negocio de una figura tan oculta en el baloncesto español como el de director deportivo. Y de disfrute va el papel del aficionado. Que ha habido tantos casos (Monbus Obradoiro y UCAM Murcia se han desmarcado últimamente como los verdaderos aventureros y de su “magia” han surgido tesoros) que, honestamente, no debemos poner un filtro protector a nuestras expectativas y sí dar la bienvenida a este tipo de jugadores. Toca esperar a la apertura del mercado. Y al futuro divertimento, por supuesto. 

 

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