Mundobasket Argentina’90: cuando el cielo del baloncesto fue Yugoslavo (Cap.02)

Nos presentamos en Argentina, país que albergó con urgencias el Campeonato del Mundo (a disputarse del 8 al 20 de agosto de 1990). El secretario general de la FIBA, Boris Stankovic, hizo todo lo posible por aguantar la candidatura de su ciudad, Belgrado, hasta que la inflamada situación pre bélica fue insostenible, imposibilitando la certeza de la seguridad en su celebración. Un recién nombrado presidente argentino, animado y optimista -en demasía-, Carlos Menem, comprometió a su país, envuelto en una acuciante crisis económica, a que fuese el anfitrión del Mundial. Es más que probable que solventase una complicada papeleta a la FIBA, que anduvo con pocos remilgos y haciendo la vista gorda a los desperfectos del mítico pabellón Luna Park de Buenos Aires, sede final y fetiche del evento. Boris Stankovic, quién sabe si por un ejercicio de nostalgia, pues en ese mismo Luna Park él jugó con la selección de Yugoslavia el primer Mundial de la historia en 1950, aceptó la oferta del país sudamericano.

Ni nuevos pabellones, ni acondicionamientos en los existentes, ni estructuras pensadas para afrontar una competición de esta índole. Con lo que había, se tiraba. Nos hubiese encantado ver por un agujerito a los productores de TVE, con un despliegue que hicieron portentoso, al ver a su llegada el recinto de la fase previa de España, el Sociedad Alemana de Gimnasia, en Villa Ballester (zona norte de Buenos Aires). Dos mil espectadores era el aforo oficial. No ya por nuestros compatriotas, sino que la sede acogería nada menos que a Estados Unidos. Cuenta la historia que hasta finales de julio no fue designada, días antes del primer salto inicial, de hecho. Hablan de desavenencias, polémicas y enfrentamientos entre la Federación Argentina de Basquetbol (CABB) y la Liga Nacional, dando al traste con el hecho que la ciudad con mayor tradición en Argentina, Bahía Blanca, noventa días antes del inicio del torneo, se quedase sin sede. Y como “quien tiene pito, pita” y allí, los dueños del silbato era la Federación, dejaron al pabellón Osvaldo Casanova sin las soñadas evoluciones de estadounidenses, griegos y españoles. Es más, ningún recinto de juego de los seis elegidos, pertenecía a ningún club liguero. Qué cosas.

José Montero y la fea manía de los coreanos de empujar en el aire al rival.

 

El Mundial de las ausencias

              Y sonadas que fueron. Los días previos no amanecían sin noticia de ausencia. Para empezar (y esto ya venía de largo), una perestroika que había dado con cambios sociales importantes, permitió a los lituanos negarse a defender los colores de la URSS. Ni Sarunas Marciulionis, ni Arvydas Sabonis, ni Valdemaras Homicius ni Rimas Kurtinaitis. Cuatro de las máximas estrellas del entrenador Vladas Garastas -curiosamente, el único lituano-, se quedaban en casa. Y sin ellos, no es que fuesen sobrados de talento (no hay más que repasar el equipo que viajó).

              Rumores alejaban a Nikos Gallis de la cita mundialista. Una lesión poco clara destapó que la justificación auténtica eran simples desavenencias económicas con su Federación. Una baja como él se lamentaba, aunque entre los españoles, que precisamente era con los griegos con quienes nos jugábamos la clasificación entre los ocho primeros, no lo veíamos con malos ojos. España andaba a vueltas con los pívots, pues las lesiones de Antonio Martín, Fernando Arcega, la comentada en el capítulo anterior de Rafa Vecina, unida a la de Juan Antonio San Epifanio, nuestro “Súper Epi”, dejaban bastante en cuadro al juego interior. Aunque para esto, quienes se llevaban la palma eran los italianos. Ninguno de sus cuatro pívots estaba en condiciones: ni Ario Costa, Walter Magnifico, Gus Binelli o el joven Stefano Rusconi podían representar a su país por diversas lesiones. Junto al joven pívot de Cantú, Davide Pessina, que causó gran impresión en los Goodwill Games, para el puesto del “5” titular, Sandro Gamba tuvo que recurrir a un pívot de Lega Due, Davide Cantarello, que no era titular ni en su club, el Stefanel Trieste.

Ferrán Martínez por un rebote con Stergakos en el negro día ante Grecia.

Yugoslavia, al trote … y con derrota

              Santa Fe fue sede peculiar en la que Yugoslavia y Puerto Rico parecían claros dominadores de su grupo, ante Venezuela y Angola. Regresaron Drazen Petrovic y Vlade Divac al combinado por los yugoslavos, tras su primera experiencia como rookies en la NBA (Petrovic jugando la mismísima final ante Detroit Pistons y Divac, haciéndose con un buen puñado de minutos al final del curso, en detrimento de Mychal Thompson), mientras que era notoria la ausencia de Dino Radja. No apareció por Agentina en los primeros días de competición y Dusan Ivkovic tuvo que echar mano nuevamente de Zoran Jovanovic. Se rumoreaba de una lesión como el motivo de su ausencia y parecía tener bastantes tintes de realidad confirmada. Pero las especulaciones se extendieron como la pólvora: que tenía un contencioso con las autoridades del país para poder salir y jugar en el extranjero, que estaba negociando su nuevo contrato para dejar la Jugoplastika, que parecía ser Il Messaggero Roma, los nuevos mecenas europeos, su destino favorito … Hasta se aventuraron con unas cifras mareantes (que luego se confirmaron) difíciles de creer. Sea como fuere, en Santa Fe, nada se desveló.

              Si entramos en harina de lo que sucedió en la pista, poco, muy poco baloncesto disfrutamos en los balcánicos. Las dos primeras jornadas se trató de cubrir expediente ante Venezuela (92-84) y Angola (92-79). Jugar, lo que se dice jugar, solamente en un arrebato en la tercera jornada, hasta conseguir 56 puntos ante Puerto Rico en la primera mitad y sentenciar -o casi- el enfrentamiento. El equipo por el que suspirábamos, volvió a renacer. Sin embargo, algún fusible se tuvo que fundir en el vestuario para que a la reanudación, este grupo de estrellas fuera capaz de anotar la friolera de… 19 puntos en toda la 2ª mitad. Dejarse remontar ante el empuje de Piculín Ortiz (23 puntos) y Ramón Rivas (21) y acabar perdiendo el choque (75-82) y el liderato del grupo.

              Era bastante frustrante ver a un jugador que tan buena imagen había dado en los mismísimos Lakers, Vlade Divac, yendo al trote por la pista, sin intención de hacer el más mínimo esfuerzo, indolente. Cuatro trucos en poste bajo, unas cuantas fintas, arrancar un puñado de faltas y ‘al banquillo, que esto está ganado’. Pues el último día se pasó de frenada. ¿19 puntos en una 2ª parte? ¿La Yugoslavia de Zagreb’89? ¿Petrovic, Perasovic, Kukoc, Paspalj…? De estas veladas ya teníamos constancia de sus antecesores con la selección, de un día tonto en el que no toca jugar y se llevan el revolcón. Es verdad que siempre ‘les toca’ cuando todo es solucionable. Y los portorriqueños, locos de contentos con 3 victorias y 0 derrotas en el zurrón. Y para el Luna Park y la fase de cuartos como líderes del grupo, tocándoles la parte más asequible, junto a Estados Unidos, Australia y Argentina. Los dos primeros, a semifinales, premio nada descabellado para ellos.

El seleccionador, Antonio Díaz Miguel, en la banda, tampoco solventó nada.

España, eliminados y a purgar pecados

              El “quiero y no puedo” del que fuimos testigos en Seattle, se extendió para la Selección Española en Villa Ballester, para la frustración de todos los aficionados (que recordemos, las audiencias televisivas eran elevadísimas en la época). Un juego bastante errático, pocas ideas y menos carreras, mucho colapso en la zona y una paupérrima defensa fueron los argumentos mostrados para fracasar en el intento de alcanzar los cuartos de final.

              Debutaron los nuestros a tortas frente a Corea del Sur. Como ya era costumbre con ellos (del último mundial), esa rara manía oriental de ejecutar acciones conflictivas, como empujar a los rivales cuando están en el aire y acciones voluntarias de asumido peligro, fueron motivo para más de una trifulca. El juego, aunque sin alarmismos en el electrónico, no fue muy brillante ante un adversario que tiró nada menos que 34 triples. El problema de ver el cómodo marcador final (130-101), más que la notabilidad de los 130 puntos, pesan los 101 puntos encajados. De los coreanos.

              Al día siguiente, el choque clave: Grecia sin Nikos Gallis. Nos mataron. Era el todo o nada y con el 11 de 22 en triples de los helenos, algunos arriesgadísimos y con rivales a medio palmo, nos crucificaron (93-102). Y la barrera de los 100 puntos encajados, otra vez superada. Muchos de sus triples llegaron por la incapacidad de la defensa española de poder parar sus unos contra unos, que doblaban balones a jugadores totalmente abiertos. Ni recursos en la pista ni desde el banquillo. Ni José Ángel Arcega, Montero o Rafa Jofresa fueron capaces de frenar a Panagiottis Giannakis (31 puntos) y menos aún los aleros a Fannis Christodoulou (32 puntos) que, desde aquella tarde, comenzó a erigirse como la bestia negra de España en la década de los 90. Aunque Jordi Villacampa estuvo sensacional (32 puntos), volvimos a ver cómo Andrés Jiménez no jugaba cómodo (13 puntos) ante la falta de espacios para evolucionar y Ferrán Martínez, con cierta y ostensible cojera, dejaba entrever lo que realmente tenía: una lesión en su tobillo que arrastraba desde los Goodwill Games.

              Los problemas no acababan ahí. Ante la extrañeza de no ver a Fernando Romay en pista durante toda la segunda mitad, tras la finalización de esta fase, se descubrió todo ‘el pastel’: el bueno de Fernando, cuyo papel debía ser fundamental en su lucha con Panagiottis Fassoulas, se fracturó el dedo anular de su mano derecha -la de tiro- en los primeros minutos del partido y aguantó como pudo hasta el descanso. Sin su participación, todo era más cuesta arriba. La extrañeza de los enviados españoles era un hecho porque la circunstancia se ocultó a causa del decisivo encuentro del día siguiente ante Estados Unidos. Romay tenía que vérselas nada menos con Alonzo Mourning en la última oportunidad de clasificación para España, -derrotar a los USA y por 8 puntos de ventaja-. Luchó, interiorizó lo que pudo sus ostensibles gestos de dolor, su frustración al fallar tiros claros a causa de la fractura y semioculto en el banquillo cuando se sentaba, esperaba a que le aplicasen hielo en la mano.

              Al Real Madrid le llega la noticia y se alarma, lo mismo que el Montigalá Joventut por el tobillo de su nuevo jugador, Ferrán Martínez. La Federación Española les expone que no hay billetes de regreso disponibles y que lo mejor es que ambos viajen con la expedición a Salta, la siguiente sede. Que al primero se le trataría y al segundo, viendo que de hombres altos el Equipo Nacional estaba en cuadro, se le utilizaría solamente en momentos puntuales. Nadie contento.

              El final en Villa Ballester fue horrible, con una colleja -tal cual- de Jordi Villacampa a Kenny Anderson, absolutamente frustrado en los últimos compases del España-Estados Unidos. Había corrido lo indecible (33 puntos esta vez), nos hizo soñar cuando en la primera mitad se escaparon en el marcador cercanos a la decena de puntos. pero no se pudo aguantar la rapidez de manos de los estadounidenses y la derrota con eliminación incluida, se consumó (85-95). El malestar entre todos era enorme. Muchos jugadores no conectaban con Díaz Miguel y a éste, le llegan comentarios de periodistas de confianza confesando que, a sus espaldas, despotrican de él. Así que en la rueda de prensa tras este choque con los americanos, Antonio ‘invita’ a acompañarle a todos y cada uno de los seleccionados, exponerse en la sala de prensa y delante los medios, que cada uno cuente sus pesares. De hecho, el seleccionador español les tiraba de la lengua cuando exponía problemas en sus respuestas, personalizando en ciertos jugadores con una coletilla final de “¿verdad, ‘fulanito’ (a quien tocara)?” Todos los jugadores callaron.

Un voluntarioso Andrés Jiménez ante Billy Owens. Frente a USA, la sentencia.

Canadá e Italia, también a la ‘liga del hoyo’

              Los argentinos suspiraron de alivio y celebraron estar entre los ocho primeros del mundo, al vencer en el partido clave a Canadá (96-88). Y se podía considerar como un milagro, pues los anfitriones perdían por 9 puntos a falta de 3 minutos para la conclusión y parecían sentenciados. La grandeza de la afición en la sede de Córdoba hizo espolear a los suyos, culminar un último y agónico esfuerzo que se tradujo en un milagroso parcial de 20-3 nada menos, que hundió al equipo que lideraba el futuro NBA, Rick Fox (eso sí, con tan solo 21 años). Marcelo Milanesio y Héctor ‘Pichi’ Campana dieron alas para que Argentina, en “su” Mundial, disfrutase del Luna Park como los grandes. A Canadá le tocaba lamerse heridas en la infausta sede de Salta, donde en 5 partidos dirimían la clasificación del 9º al 16º puesto. Nada menos.

              Italia sí tuvo peor suerte. Ellos hicieron lo que tenían que hacer en la sede de Rosario a pesar de sus decisivas bajas. Y su recompensa fue un arca lleno de arena. Brasil y Australia parecían los elegidos para alcanzar las dos plazas. Sin embargo, Italia estalló los pronósticos venciendo a los oceánicos (94-89) en uno de los duelos anotadores más memorables de todo el Mundobasket. Antonello Riva se fue a los 35 puntos, mientras que Andrew Gaze logró 25. Y el escolta que militaba en ese momento en la Philips Milán, pudo paliar los enormes problemas interiores de los azzurri, que se vieron superados permanentemente por Ray Borner y Mark Bradtke, con ayuda desde el banquillo del joven que, con aires de despistado, ya imponía mucho con sus 2,18 de estatura: Luc Longley.

              Porque en la última jornada, Brasil, que se paseó ante Italia (125-109) y China (138-95) con anterioridad, autoetiquetándose como candidato a ser primera de grupo, gripó ante el juego físico y roqueño de Australia hasta caer derrotados (68-69), obteniendo así los ausseys el pasaporte para Buenos Aires junto a los brasileños y dejar a Sandro Gamba y a sus jugadores, con esa carita que se queda a los derrotados…

¿Conocéis a este niño?

Desastre organizativo, paupérrima televisión … y un recogepelotas

Lo previsto con la premura con la que se organizó todo. Ya recalcamos que en Villa Ballester tuvieron días tan solo para poder acondicionar el Sociedad Alemana de Gimnasia. Los enviados especiales desde España, un ejército de 70 profesionales de todos los medios de prensa, radio y televisión, (todo un récord) sin contar otros 70 que desplazó TVE para una cobertura de locura (inimaginable hoy día), resulta que para todos hay un solo teléfono y el fax para manar crónicas … ¿dónde estaba el fax? Algo que suena antediluviano hoy día, pero en un mundo pre internet un fax daba la vida. Sin él, se trataba de dictar por teléfono las crónicas, palabra por palabra, lo crean o no. ¡Ah! La sala de prensa era un revival de la vuelta al cole: pupitres de centros escolares para los periodistas (de aquellos de parejas) y gracias. Eso sí, la pantomima de la presencia del presidente de la República Argentina, Carlos Menem, rodeado por niños que ondeaban banderitas del país hasta llegar al palco -sillas a pie de pista-, para reunirse con el embajador de Estados Unidos y el presidente de la FIBA, Robert Busnell, en un escenario tan bochornoso, fue bastante notoria.

Las retransmisiones televisivas… qué cruz. Claro, al menos entre los aficionados españoles, se va educando el ojo al ver con frecuencia retransmisiones NBA. Tras el apetecible aperitivo de los Goodwill Games con todos los medios a nuestro alcance, nos retrotraen a la época de las cavernas catódicas en este Mundobasket argentino. Cero criterio. Planos eternos del jugador que ha anotado la canasta, mientras delante de la tele intuimos que hay un contragolpe en juego que acabará en una canasta que, efectivamente, nos íbamos a perder. Las dichosas faltas personales por otro lado. Ante la ausencia absoluta de grafismo en las pantallas indicando el infractor (algo aún en pañales), planos interminables del árbitro señalizando la falta y del operario de mesa levantando el número de la falta. Que era lo habitual pocos años antes, pero la ralentización de todo nos privaba de la repetición de la falta, de la última canasta… lo que fuese. ¡Ay, las repeticiones!, esas grandes ausentes. Y nuestro favorito: el plano de entrenador en la banda, por espacio de unos 5 segundos, cuando a la posesión le restan menos de 10 segundos para finalizar. Reiteramos, tercermundismo.

              Y para acabar, observen la última fotografía. Este niño, recogepelotas voluntario en el campeonato con apenas 10 añitos, acaba de pedir, en el momento de esta captura televisiva, un autógrafo a Kenny Anderson al final del choque frente a España. Efectivamente, es Luis Scola. El crío también estuvo en la fase final de Buenos Aires, pidió autógrafos y se hizo fotografías con todas las estrellas que desfilaron en el Luna Park. Un periodista vitoriano charló con él años después de este asunto y le confesó que aquel carrete que fue almacenando instantáneas como verdaderos tesoros, por un accidente se veló, quedando completamente inutilizado. La desdicha de la criatura tuvo que ser mayúscula.