Mundobasket Argentina ’90: cuando el cielo del baloncesto fue yugoslavo (Cap.01)

Drazen Petrovic se retiraba al banquillo a modo de despedida del partido. Dejaba tras de sí una actuación individual y colectiva casi perfecta. Qué pocas veces nos damos cuenta que, el presente delante de nosotros, será futura historia imborrable. Esta fue una de aquellas ocasiones. Drazen llega a la altura de la banda y antes de sentarse, da un beso a su entrenador, Dusan Ivkovic. En el lado contrario, Mike Krzyzewski seguía desbordado. Hacía tiempo que los cambios de jugadores no eran ninguna solución. Restaban algunos minutos aún para la finalización de la semifinal y con 15 puntos de desventaja, ellos esta vez tenían que jugar minutos de la basura… como perdedores. Ellos, Estados Unidos.

“No podemos enviar a niños a competir contra hombres” fue un arranque de amarga sensatez en rueda de prensa. Había una sombra por encima del juego, de sus recursos o de la madurez. Simplemente, esa selección de Yugoslavia que les miró por encima del hombro como solamente los yugoslavos sabían hacer, era mejor. Tras lo visto aquella tarde en el bonaerense Luna Park, mítico escenario, en silencio, en la tierra de las barras y estrellas, una maquinaria recién tallada llamada USA Basketball aceleraba el ritmo de trabajo. Pero eso ya es otra historia.

Argentina fue, entre parches sociales y no pocas carencias económicas y organizativas, el escenario testigo de la -quizás- mejor selección de Yugoslavia en la historia. Para algunos, simplemente la mejor selección. Y en sus pistas pudimos ver hasta dónde alcanza la belleza de nuestro deporte. Un espectáculo teñido de azul celeste, como el cielo al que nos transportaron.

 

Toni Kukoc es agarrado por Mayberry. Ni aun así pudieron los USA guys en la final.

 

UN TRANSBORDO PREVIO: LOS GOODWILL GAMES DE SEATTLE

Con dos semanas de antelación, encaramos una parada a modo de banco de pruebas en un marco perfecto. En Seattle, en la pista donde jugaban los Supersonics, el Seattle Center Coliseum, se celebró -del 20 de julio al 5 de agosto- el torneo de baloncesto en la 2ª edición de los Goodwill Games o Juegos de la Buena Voluntad. Un invento del multimillonario Ted Turner para afianzar sus relaciones comerciales con la Unión Soviética. En años aún de Guerra Fría, estos juegos olímpicos ‘en pequeño’ suponían un desembolso enorme, con una cobertura televisiva de locura. Las cadenas de su propiedad, TNT y TBS, se volcaban con el evento y mandaban la señal a todo el mundo. 2300 atletas acreditados de 54 países diferentes cogían el testigo en la ciudad del recién creado grunge, tras la edición moscovita de 1986.

Ocho equipos en el torneo de baloncesto y por primera vez, con la participación de la Selección Española. Las recién nacidas cadenas autonómicas Telemadrid o Canal 9 junto a otras asentadas como TV3 o TVG vieron en el evento una oportunidad de promoción abriendo su ventana al baloncesto, que tanto tirón audiovisual aún tenía en nuestro país.

 

Yugoslavia, de exhibición sin sus NBA

              Porque el único NBA que jugó en Seattle fue Zarko Paspalj, que con 5 minutos de aportación en los 28 encuentros que disputó con San Antonio Spurs, ya nos contarán. Ni Drazen Petrovic ni Vlade Divac estuvieron en el estado de Washington, por sendas lesiones. Eso sí, los “europeos” lo bordaron. Toni Kukoc y Dino Radja jugaron a un nivel sublime, Juri Zdovc fue mariscal y creador, que además debía anotar más de lo habitual ante las bajas ya comentadas, circunstancia que también sucedió con Velimir Perasovic. Y sin Divac, quien se adueñaba de las zonas fue Zoran Savic que, siendo un secundario de rotación en la Jugoplastika, hasta este verano no nos percatamos lo bueno que podía llegar a ser. Marcaban el ritmo que querían, se hartaron de mover el balón y repartir infinidad de asistencias para ser los ganadores del torneo por aplastante superioridad a la hora de la verdad. Ante las bajas ha expuestas, Dusan Ivkovic probó a los futuros ACB, el ‘zaragozano’ Zoran Jovanovic y el ‘breoganista’ Sabahudin Bilalovic. Caminaban con paso firme hacia el éxito de Buenos Aires.

 

Billy Owens topándose con la defensa yugoslava.

Estados Unidos, caer de bruces ante una nueva realidad

              Llegaron a la final, pero en Seattle se encendieron las alarmas cuando en la 2ª jornada fueron derrotados ante la diezmada URSS de los ‘no lituanos’ que, por veteranía, sacó de sus casillas a los anfitriones (con un parcial de 30-11 en el inicio de la 2ª mitad). Tras un gran encuentro ante los brasileños en semifinales, en los que ‘solo’ dejaron a Oscar Schmidt en 38 puntos, se plantaron en la final. Pensaban que disponían de buenos tiradores (el dúo de Arkansas, ‘May&Day’, Lee Mayberry y Todd Day, Henry Williams o el escolta posterior ‘cacereño’, Chris Smith), pero en triples, 0 de 10 ante Puerto Rico, 3 de 13 ante los soviéticos y 1 de 11 en la final ante Yugoslavia.

              “¿No sienten un poco de vergüenza tras perder con los soviéticos?” tuvo la respuesta de Krzyzewski a la pregunta de un periodista en rueda de prensa posterior con “¿no te da a ti vergüenza preguntarlo?” El caso es que nunca habíamos oído tantas excusas en los estadounidenses. Jamás sirvió la bisoñez de su plantel para justificar derrotas como esta vez. “No puedes jugar bien al baloncesto si pones la carga de todo un país en espaldas de veinte años”. Ellos sabían que para los Mundiales contaban con jugadores NCAA que no habían sido elegidos en el draft NBA y permanecerían en la universidad. Los tiempos cambiaban, sí, pero en Colombia 8 años antes, la suerte de una suspensión de Doc Rivers les privó del oro que sí consiguieron en 1986 en Madrid. Largas concentraciones en Colorado Springs mientras hacían la criba de los 12 finales, sesudos sistemas muy bien asimilados y fuertes defensas, eran la clave para salir victoriosos o acariciar el oro. En este verano de 1990 disponían de un trío notabilísimo: el base Kenny Anderson, el alero Billy Owens y el pívot Alonzo Mourning.

Sin embargo, les fallaba algo que, en otras ediciones, sobresalían: el físico. Para sus asfixiantes defensas, no contaban con las potentes piernas que acostumbraban ni el músculo para adueñarse de los rebotes. Lo que nunca explicó Krzyzewski fue por qué no reclutó -estando disponibles- los tres máximos exponentes de los campeones, Nevada Las Vegas, humillado ante ellos en la final meses atrás, Greg Anthony, Stacey Augmon y Larry Johnson. Incluso Clarence Weatherspoon, que sí estuvo en Seattle y que junto a Bobby Hurley fueron los últimos descartes, le hubiesen servido. No eran campeones de los Juegos Panamericanos ni tampoco de los Juegos Olímpicos. La visión de un nuevo descalabro pesaba como un yugo sobre la cabeza del afamado entrenador.

 

España, cuatro bases y sin rumbo

              Como pueden ver en el cuadro, nuestra Selección Nacional quedó en última posición, venciendo tan solo a Australia. El problema no es que se jugase mal, dando la cara ante los yugoslavos y portorriqueños, sino que nos subían acalorados efluvios de angustia al concluir que, con lo que había se hacía lo que podía. Poca estatura y a veces, mal aprovechada. Junto a un estelar Jordi Villacampa, Andrés Jiménez era nuestro particular fenómeno que reboteaba, corría el contragolpe, anotaba suspensiones… pero con peligro de eclipsarlo. Un año antes, en el Europeo de Zagreb’89, el sabio Franco Pinotti alzaba la voz alertando que “cuidado con usar mal a Jiménez en la posición de alero -con la que jugaba con Aíto en el Barça-, que nos podemos ‘cargar’ al mejor ‘4’ de Europa junto a Alexander Volkov”. Y eso era un problema, porque el bueno de Andrés, desequilibrante con su rapidez en juego abierto, apenas encontraba espacios con dos pívots buscando la posición en la zona. Máxime, cuando solían ser dos pívots tan estáticos como Fernando Romay y Ferrán Martínez.

              La idea de los cuatro bases del seleccionador Antonio Díaz Miguel, con preponderancia para José Ángel Arcega, no estaba mal tirada, porque forzaría usar a José Montero en ocasiones como escolta (algo que estaba en las antípodas del gusto del jugador). Antonio nunca le importó la falta de estatura si con ello ganaba calidad, pero el equipo sufría ausencia de rumbo en numerosas ocasiones, además que tres pívots se antojaron escasos, aunque la mala suerte de una lesión en el pie de Rafa Vecina y la inexperiencia de Silvano Bustos, forzó a tomar esta decisión. Manuel Aller, que también estuvo en Seattle, fue el otro descarte de cara al Mundial. España tenía un único y exclusivo sello: la velocidad. Y eso era tan arriesgado como frustrante. Pero tocaba ilusionarnos con nuestro Equipo Nacional, porque no nos quedaba otra.

 

Por desgracia, un torneo con poco recorrido

En definitiva, una cita esta de Seattle con poderoso cartel, aunque con escasa afluencia de público, que resultó muy atractivo para amenizar las matinales antes de bajarnos a la playa. Un baloncesto muy dinámico, mucho más parecido a lo que podamos ver hoy día, 30 años después, que la alegoría al músculo y al ritmo tedioso que tuvo por bandera la década de los 90. Y que nos llamó la atención la coherencia arbitral. Intransigentes en lo que tenían que serlo y permisivos cuando correspondía. Ante Italia, Fernando Romay pudo colocar hasta 6 tapones, porque evaluaban la infracción, sin valorar el impacto corporal entre ambos contendientes. Claro, habitualmente se traducía en un tapón y cinco faltas.

Mate de Zoran Savic, una de las revelaciones del torneo. 

 

Los Goodwill Games tuvieron tanto recorrido como el voraz agujero en el bolsillo de Mr. Turner. Y que llegó un momento que, para sus intereses, no hacía falta. En 1994, Tim Duncan se lució en San Petersburgo, en 1998, Wally Szczerbiak hizo lo propio en el mismísimo Madison Square Garden neoyorquino y la descafeinada edición de 2001 en Brisbane (Australia) vio a Kenyon Martin y Baron Davis volar por la pista.