Michael Robinson, tan grande como su sombra

        Su estampa imponía cuando cruzaba los pasillos de la redacción de Deportes de Canal+. Su imagen televisiva, icónica en la historia del fútbol en este país, poseía también un reverso, el de su sombra, la que cobijaba a los suyos. Formar parte de su equipo más cercano era un espacio para privilegiados, porque significaba que te había elegido y tocaba trabajar con él, con sus encantos y sus desacuerdos.

              No queremos aquí, en Endesa Basket Lover, rendir un homenaje como el que muchísimos medios otorgaron a Michael Robinson el día de ayer. Eso, con todo el gusto y honestidad, lo dejamos a quienes trabajaron codo con codo de forma más directa, cuyas palabras por sentidas, nos encogieron el corazón. Pero sí de confesar abiertamente esta reflexión: hemos de ser muy conscientes en el día a día, lo que supone trabajar y convivir con gente brillante al lado. Creo que es un ejercicio de aprendizaje el que cada uno de nosotros sepamos detectar cuando tenemos alguien que irradia esta luminosidad a nuestro lado y pararnos a apreciar qué hacen y por qué. Tomarnos ese reposo de mirar a nuestro alrededor y dar valor a la belleza que proporciona en la vida de los demás, personas marcadas con este talento.

              Michael Robinson tenía poca relación con el baloncesto. De hecho, lo que demostró durante muchos años, es que no le gustaba. Es comprensible y de hecho, sería curioso que le gustase en alguien que soñó con fútbol en un país donde el bendito balompié significa tanto y baloncesto, apenas nada. Recuerdo de mis primeros años en Canal+, una frase con cierto desprecio incluso, cuando varios compañeros en la redacción estábamos vibrando con la emoción de la final de la Copa del Rey, en la edición de León de 1997, aquella entre el renacido Joventut y el sorprendente Cáceres. Él apareció por detrás, curioso ante los motivos de nuestro jolgorio y al ver el monitor, espetó un “¡Ah, pero si es baloncesto!” mitad sorpresa, mitad sorna. Y también recuerdo que no pude evitar echarle una mirada casi ofensiva.

              Sin embargo, con el paso de los años llegó a crear Informe Robinson y todos somos conscientes de la importancia que ha tenido nuestro deporte en su show televisivo. Porque sabía de buenas historias y el mundo del baloncesto las tiene a puñados. Nunca miró por encima del hombro ninguna idea, ninguna iniciativa. Siempre tuvo la humildad para valorarlas y decidir. Y apostaba por ellas desde la posición que le otorgaba la jerarquía en Canal+. Pero sobre todo apostaba por la gente, la que él con meticulosidad iba eligiendo. Compañeros que tuvieran la chispa para crear algo nuevo, diferente. Porque como bien recalcó ayer su mentor televisivo, Alfredo Relaño, si algo tenía “Robin” cuando llegó a la tele era ser nuevo, diferente. Y una vez elegidos, intentaba quitar la presión por una enorme responsabilidad que suponía trabajar con él, por una razón que también han repetido sus colaboradores, “nos dejaba equivocarnos”.

              Michael Robinson era encanto. Delante de una cámara, con un camarero en un restaurante y con los trabajadores a su alrededor. Y no quiero decir que fuese encantador, pues como todos, medía cuándo y con quién serlo. Pero sí tenía ese encanto que hacía ver como nadie que Canal+ era diferente, que convencía al resto dar siempre más. Y recuerdo especialmente las jornadas maratonianas de cualquier evento importante como vivimos en la casa, ya sean los Juegos Olímpicos de Atlanta’96, los Mundiales de fútbol de Alemania’06 y Sudáfrica’10 o la Eurocopa del 2008. Su show en plató debía tener contenido de sobresaliente todos los días. Y para ello, había que remangarse bien. Sabía de la importancia de su figura para el abonado, pero también tenía bien claro que la verdadera estrella era el vídeo que presentaba. Cada una de esas piezas, aspiraba a ser una obra de arte. Todos los días. Y ahí, todos arrimábamos el hombro. Sabía lo que embaucaba al aficionado y lo que le pudiera dejar indiferente. Y por ello, era exigente en su liderazgo. Pero su grandeza también procedía por no ser recio con sus ideas iniciales. Recuerdo un musical para su El Día Después previo a un Barça-Real Madrid, en el que un compañero estuvo encerrado cuatro días en una cabina haciéndolo. Ensalzando las figuras y momentos icónicos en la extensa historia de estos derbis futboleros. Cuatro días envuelto en cintas y entre cuatro paredes. Cuando “el inglés” lo vio, lo descartó porque no le llegaba como pretendía. El enfado del realizador en cuestión, a espaldas de él, fue monumental. Pues bien, ese musical finalmente entró. Liderazgo también es abdicar sobre reflexiones iniciales.

De la belleza mostrada por el baloncesto en la pequeña pantalla, mucho debemos a Informe Robinson. Y es cierto que el gran mérito son de esos curritos que salían en los créditos y que ayer les pusimos cara a muchos, hablando en diferentes cadenas televisivas. Privilegiados seleccionados bajo sus pautas y directrices, enormes y brillantes trabajadores como él. Pau, Marc, Ricky… Nate Davis, las chicas del Canoe,Uliana Semenova, la figura de Drazen. De Fernando Martín a Sergio Scariolo. Retratos catódicos de etiqueta. Creo que, precisamente la gente que más agradecida está a la vida y él era un claro ejemplo, son los que transmiten más deseos al resto de mostrarnos agradecidos hacia ellos. Esa era su acogedora y larga sombra. ¡Hasta siempre, Robin!