José Alday: ‘Tronquito’, pero asesor financiero en Suiza

Existe una clara paradoja entre José Alday y esta sección: ha costado siete años encontrarle (vive en Suiza y trabaja en el mundo financiero), pero cuando por fin nos hemos puesto al habla con él ha estado súper hablador. O más bien escribidor. Dado su interés a nivel humano-deportivo, cambiamos un poco el formato hoy y reproducimos íntegramente las respuestas a las preguntas que le enviamos. Jugó muy poco en la élite, pero tiene un ‘historión’ en el que no faltan inteligencia y gracia.

–¿Cómo empieza a jugar al baloncesto?

 –Con 12 años, como actividad extraescolar. Yo anteriormente era un ratón de biblioteca. Mi ideal de empleo del tiempo de recreo era encerrarme en la biblioteca del colegio a leer. Pero era muy alto, desgarbado, torpe y sin control de mi cuerpo. Me pusieron de mote “El penco”. De hecho, en infantiles vino a vernos el seleccionador de la selección de minibasket  de Aragón y dijo que no tenía facultades. Y eso que ya medía 1,80. Tenía un hermano mellizo y jugábamos los dos. 

— ¿Cómo llega a la cantera del CAI Zaragoza?

–Un día en categoría infantil me llamaron del CAI Zaragoza para que fuese a entrenar con el equipo cadete.  Después hice la llamada ‘operación altura’, pero no quisieron a mi hermano y no entré en primer año de cadete. Mi padre no quería que jugase al baloncesto. Decía que gran parte de los deportistas de mediano y alto nivel acaban como juguetes rotos… Finalmente, en cadete de segundo año, sobre todo a insistencia de mi madre, que si veía las ventajas, ingresé en el CAI Zaragoza después de haber estado un verano en una concentración de la operación Siglo XXI.

Arriba a la derecha, con la selección española junior de 1989.

–¿Recuerda algo de su único partido en la Liga? 8 segundos contra el Manresa en la temporada 91-92… 

–Sí. Me llevaron porque no había otro junior disponible. Habían pitado muchas faltas. El partido estaba ganado, y de repente el TDK aumentó la intensidad y se pusieron muy marrulleros. A falta de unos segundos hubo una falta con expulsión y un altercado. Manel Comas me dijo que saliese y le diese una “hostia” al pívot del equipo contrario.  Así que salí, hice un “bodycheck” de los que hacía en esa época y acabo el partido sin que me diese tiempo a poder ni encarar el aro. Lo que sí me afecto de ese viaje fue la conversación que tuve volviendo a Zaragoza con mi compañero Valdemaras Homicius. Me dijo que, para llegar a algo en el baloncesto, el baloncesto tenia que ser el centro de mi vida. Y me preguntó si era así. No sé si le respondí, pero me acuerdo perfectamente de que me dije a mí mismo que no, que en absoluto.

De hecho, en la siguiente convocatoria para ir a jugar, les dije a los entrenadores que no quería ir.  Tenía que faltar a clase en la universidad un viernes. Y ese viernes era el repaso general antes de un examen importantísimo. Consideré procedente el asistir a esa clase para asegurarme que aprobaba la asignatura. Después ya no me volvieron a llamar ni para entrenar con el primer equipo. Para ser justos, en el CAI se portaron bien conmigo. Mejor que con otra gente. Y me dieron una oportunidad que perdí, aunque prefiero pensar que la  dejé para que la  tomase otro. También es cierto que con una escoliosis de espalda que traía por tener una pierna dos centímetros más larga que la otra yo era consciente de mis limitaciones a largo plazo. Esto era algo que sabíamos mi madre y yo: que tenía que usar un alza ortopédica, que al final ya no la aguantaba y que me dolía mucho la espalda.  

–Jugó también en las categorías inferiores de la selección, ¿no?

–En el Siglo XXI fueron tres años mágicos en los que descubrí Europa y viajé mucho.  También sufrí mucho. Me acuerdo una Semana Santa en la concentración que hicimos en Toledo, cómo me dolía la espalda a la altura del coxis y cómo contaba los minutos para ir a los partidos de preselección. Pero lo daba todo. Creé mi nicho de mercado. En los entrenamientos me esforzaba el que más. Era el primero en los físicos, no me escaqueaba, era puntual como un reloj. No daba problemas y, como hablaba idiomas, hacía de traductor a los entrenadores.  Ya sea en inglés, francés o en mi chapucero alemán. Subía el nivel de los entrenamientos y no me frustraba el no jugar demasiado, lo cual a los entrenadores les quitaba un problema. Descubrí que lo único que podía hacer es ser el defensor más duro, el más correoso, el que hiciese los mejores bloqueos y más ayudase a mis compañeros. En un mundo en el que todos quieren destacar, alguien como yo conseguía ser el número 12.

Así fue que conseguí estar en la selección cadete-juvenil. Llegada la selección Junior 1989, se veía claramente que no daba el nivel. Pero fui a un torneo de navidad porque el Barcelona no liberó a Arturo Llopis y no lo hice mal en Bélgica. Además, me llamaron para incorporarme a la concentración un miércoles a las seis de la tarde y al día siguiente a las 8 estaba en Guadalajara a tiempo, que esa época y con 17 años era una aventura…

Pero en la Semana Santa de 1990, en el último momento surgió una plaza por otro jugador retenido por su club. Y en vez de llamarme directamente, me convocaron con un fax al CAI Zaragoza. Y ese fax no fue leído durante dos días por los empleados del club. Así que cuando me contactó por teléfono Emilio Biel ya era tarde: llegar hasta Palma de Mallorca desde Zaragoza no era factible pues en esa época no había vuelos ‘low cost’ como ahora. Y perdí mi puesto de suplente del suplente en la selección. Es más fácil mantener una posición que ganarla.

Desde entonces, siempre que en los negocios he enviado un fax, o un correo electrónico (a un broker, a otro banco, a una contrapartida) llamo por teléfono para asegurarme que alguien lo ha recibido. La selección española me ha convertido en el rey de los acuses de recepción.

Con el Conservas Daroca, filial del CB Zaragoza, en la 92-93.

 –¿Qué pasó luego con su carrera? Plasencia, Valladolid, Bélgica…

–Con 20 años quería salir de casa, pagarme los estudios y ver mundo. Traté de irme mucho antes, a estudiar a la Universidad de Pamplona. Pero mi hermano estuvo interno en Suiza y después fue a Deusto, por lo que el gasto en educación hubiese sido demasiado oneroso para mis padres. A falta de otra opción me quedé los años de junior en Zaragoza estudiando en la universidad pública y jugué para el CAI Zaragoza. Llegado a senior, no me quise quedar en el filial. Me salió un viaje a Dallas para la final de un torneo mundial de 3×3 y decidí dejar el equipo en noviembre y disfrutar un año pudiendo ir a clase en la universidad.

Al año siguiente quise buscar equipo fuera de Zaragoza. Así que fui a jugar a Plasencia, que en esa época estaba vinculado al Cáceres.  Allí vi mis límites. Tanto físico como en cuanto a mi mentalidad como jugador. Fui un mal fichaje, pues buscaban un jugador polivalente pero que no fui. Además, la dicotomía entre los dos clubs no ayudó. Lo más destacado fue que me enamore de Plasencia. Algún día espero volver a vivir allí. Me pesa el no haber podido responder a las expectativas de mi fichaje. Recuerdo se me ocurrió una argucia fiscal por lo que mi sueldo lo conseguí libre de impuestos. Así que fui el rey del mambo al disponer de un dinero que se hubiesen comido los impuestos que conseguir no tener que cotizar IRPF.

Al año siguiente me fui a Valladolid, porque allí había universidad y me apetecía conocer la ciudad. Deportivamente no me aportó nada. Jugué para el filial, en un club excelente y en el que me trataron muy bien. Me sufragaron un año de estudios viviendo por mi cuenta.

Luego jugué en Zaragoza en una liga de 2ª regional para poder acabar la carrera, y como me quedaban unas pocas asignaturas conseguí una beca Erasmus en una universidad de elite Belga para un posgrado en Econometría y Derecho convalidando las asignaturas que me quedaban.  Para pagar mis estudios encontré un equipo de Segunda División que me pagó casa, coche y un pequeño estipendio que me permitió vivir. No lo hice mal así que el año siguiente fiche por el Bruselas de Primera División y a cambio de mis servicios me buscaron unas prácticas en una sociedad de bolsa.  Pero me dolía la espalda una vez más. Así que lo dejé y me fui a trabajar a Luxemburgo en una gestora de fondos de inversión.

A los 3 años de vivir en Luxemburgo me contactaron del Saarluis, una ciudad satélite de Saabruken en Alemania y jugué una temporada en la Tercera de allí. Me salí: entrenaba poco (y no me dolía la espalda) y todo me entraba.  Me apodaban ‘La tanqueta de Renania-Palatinado’, porque hacía unos bloqueos que salían rebotados… pero me retiré un mes antes del final de la temporada. Trabajaba al 80%  mientras estudiaba mi MBA a caballo entre los USA y Luxemburgo cuando  el Banco Chase Manhattan me ofreció contratarme pagándome la inscripción de mi tercer trimestre que era una pasta.

Con 28 años y el titulo en el bolsillo estuve entrenando en Luxemburgo con el Walferdange. Un equipo Luxo. Me ofrecieron nacionalizarme. Pero con la fusión Chase-JPMorgan me vine a Ginebra y aquí he jugado en ligas locales prácticamente hasta los 46 años. Con 40 tacos y una barriga fruto del inexorable paso del tiempo combinado con un trabajo sedentario, pero cuando ha convenido he seguido soltando unas “hostias como panes”. Con tres hijos este año me he parado por un ratito del baloncesto. Con esquí en el invierno, kayak en el lago Leman en verano y un poco de gimnasio en medio tengo de sobra.

–A nivel profesional dejó de jugar muy pronto, ¿verdad?

–El tiempo acaba poniendo a la gente donde se merece. El baloncesto lo hace aun más rápido. Angel Pardo, el seleccionador nacional junior, fue el primero en decirme que lo dejase ya en esa categoría. Me dijo que no valía para el baloncesto de modo profesional y que me centrase en buscarme la vida por otro lado. El fue el primero, pero no el único, en darme tal consejo. Jose Luis Ereña en Zaragoza me dijo otra vez que en Europa estaba mal montado. Habría que hacer como en los USA. Al final de la universidad el 90% de la gente sabe que tiene que dedicarse a otra cosa.

Los romanos decían que “el amor es velite” el deporte profesional lo es aun más. Por lo menos lo intente. Pero como decía el camarada Lenin, “los hechos son testarudos” y si nos atenemos a lo que dijo alguien más decente, Baltasar Gracián, no hay que hacer negocio del no negocio.

— ¿Cómo se veía como jugador?

–Pues muy limitado. Un tronquito Magdaleno, muy fuerte  un poco pesado y poco saltarín.  En categorías inferiores traté de entrenar más duro que nadie, pero lo cierto es que mis limitaciones físicas y mis intereses muy lejos del baloncesto definieron mi carrera. Habrá habido jugadores mejores, pero que aprovechasen como yo las oportunidades del baloncesto ha habido pocos. He viajado, he salido he entrado y salido pudiendo liberarme muy pronto. Gracias al baloncesto pude esculpir mi cuerpo, mi carácter y mi voluntad.  Sin el baloncesto hubiese sido el tonto del pueblo con un cociente intelectual de 125. En mi descargo he de decir que no es fácil entrenar todo el día, llegar a casa y ponerse a estudiar hasta las 2 de la mañana. En cualquier caso cuanto más viejo me hago mejor me veo como jugador. Será que el tiempo acrisola el recuerdo.

–¿Qué ha ocurrido con usted desde entonces?

–«El éxito es la capacidad de ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo», que decía Churchill. He trabajado en banca privada y en inversiones. Ahora soy Investment & Operations manager para un sindicato de familias chinas que invierten de modo conjunto. Aunque he hecho mercados de acciones y bonos durante muchos años ahora estoy más en capital riesgo.

Tengo un buen pasar en lo económico, un trabajo en el que tengo que usar mucho la cabeza y muy bien pagado. ¡Mi pareja es finlandesa, habla seis idiomas, estudio en dos de las mejores universidades de Europa, gana más dinero que yo y   sobre todo esta buenísima! Tenemos tres hijos de 8, 6 y 2 años, razón por la que he tenido que bajar mi nivel de compromiso con mi carrera profesional. Espero volver de jubilado a España. Por el momento satisfecho de lo conseguido. Hasta que tuve a mi primera hija a los 39 años he trabajado mucho. En Suiza nos gustan tanto las 35 horas semanales de Francia que me las hacia casi dos veces cada semana. El baloncesto me enseñó a bendecir el trabajo y a apreciar el esfuerzo y la dedicación. También me enseño que siempre habrá un puesto para alguien dispuesto a todo, desde lo más a lo menos, y que con ganas hace  las tareas que nadie quiere hacer y desea  resolverle problemas a la gente, al entrenador, o a quien haga falta y pague por ello.

He tenido aciertos y he tenido errores, pero he sido dueño de mi destino y principal responsable de mis fracasos si bien en cuanto a los éxitos tengo mucha gente a la que agradecérselos. En cierto modo me he hecho a mí mismo con la inestimable ayuda del baloncesto. Solo jugué 8 segundos en la ACB, pero por lo menos los jugué.

En la actualidad.

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