El casco que tornó en corona

              No hay estadísticas de jugadores que más veces se hayan tirado al suelo por un balón. Ni de los que aguantaban flexionados en posición básica, cara a cara, frente al amenazante portador del balón, cada vez más intimidado. Ni los metros que recorren a menos de un palmo, haciendo sentir el aliento a los incautos tiradores que buscan aprovecharse en su carrera de los bloqueos de compañeros. Si todo eso existiese, es más que cierto que coronásemos a un rey que, sin desfallecer, lo ejerció como forma de entender el baloncesto a lo largo de veinte años.

              Sergi Vidal ha dejado una huella en nuestra memoria, en la historia de la Liga Endesa, por mostrar que nos podíamos identificar con todo esto. El tipo que asumió que, con esos argumentos, en un cuerpo enjuto de carnes pero nervioso e hiperactivo de mente, sacaría partido para vivir durante mucho tiempo disfrutando, no solo el poder estar en algunos de los mejores equipos del país, sino ser reconocido como para jugar en la Selección Española.

              De voluntad inquebrantable, embaucó a Dusko Ivanovic como para reclutarlo desde el Joventut y convencerse que sería uno de los “suyos”. Primero, fijar el nombre y apellido de la joven promesa que salió con cierta polémica de Badalona. La ambición mandaba. Asentarse a base de esfuerzo para ser respetado. Lo logró. Y así, con Baskonia llegar a ganar casi todo durante 9 años: 2 ligas, 4 Copas del Rey y quedarse en puertas de su mayor triunfo, en la finalísima de Euroliga, en una aciaga tarde moscovita ante Maccabi en 2005. Ser perro de presa con el Equipo Nacional meses después en el Eurobasket de Serbia y, lo que hace la longevidad, volver a ser seleccionado 14 años después para las ventanas FIBA.

              De la mueca de decepción que supusieron sus dos años en el Real Madrid como veterano consagrado, a volver a sentirse importante en Gipuzkoa Basket, a disfrutar de este deporte siendo líder y sin menos órdenes marciales. En 33 minutos de promedio, anotar 11,6 puntos (solamente superados por Andy Panko y Jimmy Baron) y un 45% en triples. Y aunque pareciese una zona de confort, nuevamente la ambición quiso que se entregara a los susurros de Málaga y su querencia… que tampoco resultó muy fructuoso. Aun así y por encima de todo, seguía amando este deporte y deseaba jugarlo.

              Volvió a casa, a teñir su vida -de nuevo- de verdinegro. Rencores olvidados de muchos años atrás y ayudar con su liderazgo en el vestuario del Joventut en los más críticos años de la historia de tan mítico club. Había que remover conciencias, animar a los suyos a que, consiguiendo victorias en la pista, los nubarrores fuera de ella serían menos. O esa era su meta. Con 18 años a cuestas de correr “p’arriba y p’abajo” las pistas de Liga Endesa, Badalona “donde me hubiese gustado retirarme” cree que su futuro proyecto puede tornar en algo más ambicioso, prescindiendo de él. Sergi quería seguir disfrutando del baloncesto: Lugo el año pasado y Manresa y Fuenlabrada, en contratos temporales, este curso. Hasta que su cuerpo ha dicho basta y el teléfono dejó de sonar.

          Ha lucido máscaras en la cara por huesos rotos, todo tipo de rodilleras, coderas y ungüentos para aliviar dolores de batalla, pero él no daba un paso atrás. Lo de ser capitán del Baskonia hay que ganárselo y bien que lo hizo. 

Sergi Vidal ha sido el gregario de tantas batallas épicas, que su casco de batalla tornó en corona. Tan simple como eso, tan notorio