La evolución de los españoles en la NBA desde Fernando Martín

A mediados de los 80, un incauto jugador de la universidad de Indiana se presentaba a un entrenamiento con una camiseta con la bandera de Puerto Rico. Algunos compañeros aguantaron las risas, expectantes de la reacción de su entrenador, el irascible Bob Knight. Cuando este llegó, se puso delante de las narices de su jugador, agarró con ambas manos la camiseta por la parte del cuello y de un tirón seco, la rompió en dos pedazos, ante las carcajadas de sus compañeros que ya podían dar rienda suelta a la sorna, en contraste con el asombro y la lividez de su pupilo. El entrenador, todavía sin mediar palabra, se metió en su despacho, saliendo instantes después con otra camiseta, que ofreció al jugador, espetando un “esta te quedará mejor”. En la camiseta, había una impresión en el pecho que rezaba “dejadles que jueguen ellos solos”.

Bob Knight había tenido problemas con las autoridades portorriqueñas mientras fue seleccionador estadounidense en los Juegos Panamericanos de 1979 (hasta les hizo el hilarante “calvo” por la ventanilla del avión al despedirse) y poco o nada quería saber de aquel país y menos de su bandera. Sin embargo, tenía apiladas en su despacho unas camisetas que mandó hacer, intentando sanar el dolor que suponía no haber tenido la oportunidad de enfrentarse a la Unión Soviética en los Juegos Olímpicos de 1984. Él, dirigiendo la -posiblemente- mejor selección estadounidense de la historia (antes de los NBA), debido al boicot político de aquellos Juegos, anhelaba con verdadero deseo jugar aquel partido. Entre otras razones, para vengar la afrenta que sufrió su íntimo amigo, el seleccionador Henry Iba, en la final de Munich’72.

De ahí el “dejadles que jueguen solos”. Y es que, el cuadro de la URSS era potentísimo, con los ya habituales Iovaisha, Homicius, Eremin, Valters, Tkachenko y los recientemente añadidos Rimas Kurtinaitis y Arvydas Sabonis. Knight, conocedor de su potencia, fue a París durante el Preolímpico europeo, viendo a los soviéticos pasearse, estudiando a todas las selecciones y analizando cada jugador con unos perfiles individuales como solamente se hacían en Estados Unidos. A sus ayudantes, posiblemente les faltó añadir la talla de ropa interior de cada uno de ellos. Todo lo demás, quedó reflejado en sus informes.

Europa interesaba a Estados Unidos. Aunque seguían mirando por encima del hombro obviamente a nuestro baloncesto, sí había productos que, reconocían, podían haber sido suyos perfectamente. ¿Ven la mentalidad? “Podían ser suyos”, porque asumían que nadie habría mejores que ellos. En los 70, Kresimir Cosic tuvo el permiso de su país de jugar liga universitaria y tras sus 4 años en Brigham Young, como confesó al periodista madrileño José Antonio Arízaga en un Torneo de Navidad del Real Madrid, se le obligó a volver a Zadar y cobrar 15.000 dólares por temporada, cuando la NBA, fascinada con sus cualidades, le llegaban a ofrecer medio millón. Sergei Belov era como un Jerry West de la fría URSS y siempre soñaron en contar con él cuando los soviéticos hacían las giras invernales por Estados Unidos. Y en los 80, los jugadores más brillantes que circulaban por nuestras ligas, estaban en la agenda de todos.

 

El interés por Fernando Martín

A los estadounidenses nunca les importó mucho el Mundial de baloncesto. De hecho, la mayoría de sus combinados eran refritos de ligas amateurs, algunos chicos de high school y universitarios, raramente de primera fila. Pero sí en 1982 se afanaron en llevar un buen equipo, que perdió la final en los últimos instantes, pero que fue derrotado por España en la fase previa. Los nuestros contaban con un joven Fernando Martín. Y sí que chocaba que aquel pívot tan duro y con esa determinación, aunque con mucho por trabajar técnicamente todavía. Eso sí, admiraban su instinto para el juego y en especial, sus 20 años. Para los Juegos de Los Angeles, dos veranos después, la Selección Española que, la prestigiosa revista Sports Illustrated definía como unos “Denver Nuggets” a la europea, Fernando era el máximo puntal en quien fijarse, dentro del arsenal con el que contaba Díaz Miguel. Pat Ewing, siendo entrevistado durante el Open McDonald’s barcelonés de 1990, es curioso que lo recordaba más por aquellos informes de Bob Knight que por su paso por la NBA (bastante tuvo aquel año con su lesión).

Cuando hubo intención de por parte de los Lakers de ficharlo y todos nos hicimos eco (Fernando fue invitado a comentar en los platós de TVE un Celtics-Lakers de la final del 85, debatiendo sobre tal asunto con él), el aficionado español pensaba “es que Fernando es mejor que Kurt Rambis”, titular en su posición. Nuestros argumentos eran que daría mucho más rendimiento anotador y al menos, el mismo sacrificio en pista. Al igual que siempre tuvimos la sensación que el primer europeo no formado en la NCAA reclutado por la NBA, Georgi Glouchkov, fue de un interés inmediato (máximo reboeador del Eurobasket del 85, cuando Phoenix Suns tenía un grave problema con el rebote), Fernando sí que había sido un jugador más seguido, como lo era Drazen Petrovic, Sabonis, Riva o incluso el francés Dibuisson, que probó con los Nets, con insuficientes resultados.

La NBA era otra galaxia y lo demostraban sus descartes que venían a jugar a Europa. Pero ellos abrían sus mentes y pensaban que había hombres al otro lado “del charco” que podrían ofrecer buenos servicios a sus equipos. Si Russ Schoene en Milán, yanqui que había tenido ya experiencia NBA (y que regresó posteriormente) era superado por Fernando, queríamos entender que podía jugar allí. Cuando sufrió sus diversas lesiones en Portland, los Blazers activaron un tal Chris Engler que había disputado el verano anterior en España unos bolos con un combinado de aquellos Larios All Star y poco tuvo que rascar con Fernando claramente.

 

Mentes abiertas, pero mirando lo suyo

Sí es cierto que la NBA tenía su mente abierta para ver que jugadores de otros países podían ayudarles. Sin embargo, siempre oteaba esa nube que les costaba confesar, en la que tenían la creencia de “mientras haya un jugador estadounidense que pueda hacer eso, prefiero al de casa”. Y eso, o cortaba las alas a algunos o hacía que se especializasen en algo. Desde los primeros pasos de Drazen Petrovic hasta Rudy Fernández, vimos no sé cuántos jugadores capaces de mostrar un buen arsenal, castigados en la esquina, a la espera de un baloncito para lanzar el triple. Existía una mezcla de desconfianza por lo que pudiesen hacer, sirviese en la liga y por otra parte, una mentalidad anquilosada a otra era en la que no arriesgaban y usaban armas conocidas. Puede que el primer jugador multifuncional, que podía hacer mucho de lo que la élite allí mostraba y del que su entrenador pudiera pensar que se quedó corto en darle galones, fue Don Nelson cuando dirigió a Sarunas Marciulionis. Piernas, tiro, condiciones técnicas perfectas con ese baloncesto y mentalidad ganadora. Claro, había que darle tiempo, viniendo de una sociedad tan diferente. Y es que, para que puedan entenderlo, a Sarunas le llamaba la atención incluso, el que la gente al hablar, se mirase directamente a los ojos.

Y también, puede que el primer europeo que estalló todas esas barreras, hacer que un entrenador lograra darle toda la responsabilidad e incluso liderar el equipo viniendo desde cualquier “tierra de los desfiladeros” fue Dirk Nowitzki. Ser tan alto y contar con aquel tiro exterior, fue un combo perfecto para una personalidad tan dominante como la del alemán. Paradójicamente, el entrenador quien le dio esa alternativa era Don Nelson. Desde Fernando Martín hasta Nowitzki, el trecho fue grande. Y la falta de oportunidades en la mayoría de los europeos que hubo en ese periplo de 13 años entre ambos, era un proceso que tenía que darse. El primero que se choca contra el muro, acaba sangrando. Y eso, como en multitud de ocasiones hemos reiterado, fue lo que le sucedió a Fernando.

Los españoles comienzan a desembarcar

El baloncesto evoluciona y en España, los niños crecen en un ambiente familiar más cómodo, mientras que los preparadores físicos y los entrenadores progresan y mejoran, sobre todo en el baloncesto base. Paradójicamente, florece y brilla en nuestras fronteras un jugador, prototipo de lo que no habíamos tenido nunca y admirábamos cuando los combatíamos delante, con la URSS y Yugoslavia. Pau Gasol era lo más antinatural de nuestro arsenal. Alto, coordinado, con una exquisita técnica individual y la NBA tiene claro que, si el chico se adapta, puede ser alguien importante. Lo que no pensaban –y quizás nosotros tampoco- que Pau fuese a triunfar de tal forma y ser el líder de su equipo, tan pronto. Su “yo he venido a ser campeón de la NBA”, poco a poco sonaba menos a fantasía. Rookie del año, hacer crecer alrededor de él una franquicia de las más recientes. La receta Nowitzki, aplicada al chico de Sant Boi. Y todo ello, mientras el entrenador que mantuvo en el ostracismo del banquillo a Drazen Petrovic durante sus primeros meses en Portland, Rick Adelman, resulta que ahora triunfa en la NBA con los Kings de Sacramento, dando minutos importantísimos a Vlade Divac, Pedrag Stojakovic e Hidayet Turkoglu. Paradojas de la vida. Y si no hubiese sido por un triple de Robert Horry, quizás estaríamos hablando hoy día de aquellos Kings campeones de la NBA.

Con Pau y los resultados de la Selección, España se convierte en un referente en una NBA que ya no mira pasaportes. De hecho, la internacionalización y exportar la liga allende los mares, promociona esta competición hasta límites insospechados en los tiempos de Fernando. Más fronteras que se rompen. Si algo ha contado Estados Unidos por legiones, estos han sido bases. Rápidos, explosivos, con capacidad anotadora inusitada. Echar la mirada Vic primero y a Villanueva de la Serena después, con la frialdad que da el tiempo, suena casi a milagro. Dos bases con piernas de tipos de allí y con el baloncesto en su formación de aquí. Ser un jugador inteligente forma parte del talento en cada uno. La baraja NBA está ya abierta a todo tipo de talento y conocer el juego es una virtud valorada. Las lesiones fueron el castigo de Raül López, mientras que entrenadores, que preferían la explosividad individual sobre el rendimiento colectivo, situaron a José Manuel Calderón de manera injusta por detrás de hombres como T.J. Ford y Jarrett Jack. Eso sí, superó esas adversidades.

Claro, afirmamos que un base de los nuestros en NBA, en otros tiempos sonaba a quimera, pero lo que hemos tenido en este país, prioritariamente, han sido excelentes bases. Y tras Raül López y junto a un José Calderón muy curtido, aparece el joven Sergio Rodríguez, con su fantasía única para entender el baloncesto. Y poco después, Ricky Rubio, para llevar allí, una tradición muy nuestra. Ricky, sufriendo quizás la lesión más grave entre los españoles que hayan jugado allí, superando infortunios personales, hoy día es el personaje que buscamos cada mañana sus estadísticas y sus mejores jugadas, como esencia de nuestro orgullo patrio. 

Jorge Garbajosa, hasta el momento de la lesión, fue alguien veterano -para ser rookie- que fue ganando valor por su inteligencia en la pista. No era grande en nada, pero sí cumplía con notable en muchísimas facetas del juego. La mentalidad en la gran liga era otra y Garbajosa era el ejemplo en una franquicia que, ni estaba en Estados Unidos ni pensaba como en Estados Unidos en según qué cuestiones. Su lesión cortó abruptamente un camino que parecía salpicado de pétalos.

Rudy Fernández y Víctor Claver, tuvieron menos fortuna, aunque el bombo con el que llegó Rudy, tan solo equiparable al de Ricky Rubio, siempre lo acompañará. Igualmente, Serge Ibaka y Nikola Mirotic, predestinados a hacer grandes cosas a su llegada, han conseguido entrar en la burguesía de la competición, uno por talento atlético y otro por talento técnico. Explicación de lo que es la liga hoy día, como lo son los hermanos Hernangómez. Ya no tenían que destacar en Europa ni tan siquiera en sus ligas. Son muy jóvenes y tienen el potencial para probar a ver qué tal el devenir en sus carreras. De momento, disfrutan de pocos minutos, aunque sus condiciones, nos hace pensar que llegarán. Y esto es lo importante, porque en la NBA mantienen esta misma reflexión. Un cambio de mentalidad que bien ha costado.

Y quisiera acabar cerrando este círculo con el otro hermano. Todos tenemos claro que la travesía española en la NBA, aquella que inició 

Fernando Martín, termina con un salto inicial entre dos pívots españoles en todo un All Star Game. Decir eso en los tiempos en los que tal salto, lo daban Abdul Jabbar y Moses Malone, es como derretirse. Pau trajo dos anillos de la NBA y su hermano Marc, otro más. 

Marc es un paso más evolutivo. Sin el físico del hermano ni de casi cualquier pívot de la NBA, es la alegoría a la técnica y la inteligencia como componentes para llegar a ser el mejor defensor de toda la NBA en el reino de los mejores taponadores que han existido en la historia del baloncesto. Marc juega de pívot con un espíritu de base. Marc tortura en el poste bajo como los pívots setenteros que veíamos en películas a cuentagotas y lanza triples como sus mejores aleros. Es la sublimación de todo. El hombre con más éxito reciente (por su anillo de hace unos meses), titular indiscutible, veterano de lujo sabiendo jugar y siendo vértice en el vestuario. Vaca sagrada, en este caso, en “versión española”.