Enric Pla: la apuesta incompleta de Flor Meléndez

Para empezar, la biografía de Enric Pla ya conlleva algo chocante. ¿Está equivocada su ficha en acb.com? Pone que nació en Monroe (Louisiana) el 4 de abril de 1971. De allí es, por poner un ejemplo, Paul Millsap. Pero no es ningún error. “Yo también nací en Monroe. Mi madre estaba embarazada cuando a mi padre, Honorio, que era ingeniero industrial, le salió allí un trabajo a través de un amigo suyo. Así es que decidieron marcharse. Viví en aquella zona durante cinco años y tengo todavía algún recuerdo: el parque, las calles… Un poco lo típico que puede vivir un niño a esa edad”.

A su regreso, la familia se asentó en Barcelona y desde los 13 años, tras pasar por el colegio Paidos, él se convirtió en un fijo de las categorías inferiores del Manresa. “Siempre jugué con los que eran mayores que yo, lo cual me ayudó a progresar. Y conseguí llegar al primer equipo”, recuerda. Quien fundamentalmente apostó por él fue el mítico técnico puertorriqueño Flor Meléndez, cuya etapa en el club catalán fue mucho más breve de lo que a Pla le hubiese gustado. “Fue una persona que creyó mucho en mí. Por ejemplo, trabajó conmigo el cambio del tiro y me lo hizo más bombeado, que era algo que necesitaba”, explica.

Manresa 89-90.

Tuvo el privilegio de compartir pista con George Gervin, el mítico jugador de la NBA que contribuyó a la permanencia del entonces TDK en 1990: “Era buenísimo aquel tío. Parecía que estaba dormido, pero en los entrenamientos nos metía 40 puntos en la cara sin esfuerzo. Era increíble”.  Y eso que tenía 38 años…

Sobre Pla, estamos hablando de un director de juego pequeñito (1,75), pero que “llevaba el control del partido. Me solían decir mucho que era como un entrenador en la pista. Además, era una ‘paparra’ [como se suele llamar a las garrapatas en catalán] en defensa, muy pegado al jugador que me correspondía. Hay jugadores de talento, pero lo mío era todo entrenamiento, excepto quizás la visión de juego”. Pero…

Melilla 92-93.

Pero a Meléndez lo destituyeron, entró un joven Pedro Martínez por él y nuestro hombre no pudo asentarse como segundo base manresano, que es lo que se le había prometido. Sus aportaciones (siete partidos repartidos entre las temporadas 89-90 y 90-91) nunca dejaron de ser puntuales (75 minutos y 27 puntos en total). “Todos necesitamos alguien que nos dé la confianza necesaria. A veces me he vuelto a encontrar con Pedro y le he dicho que aprendí mucho con él, pero que también me hizo mucho la puñeta”, comenta con sorna. Su último partido en la máxima categoría fue, curiosamente, el mejor: 10 puntos en 23 minutos en la pista del Mayoral Maristas. “Hasta me nombraron ‘gigante del partido’ en Gigantes del Basket”, dice, orgulloso.

Se fue entonces a buscar fortuna fuera de Manresa, jugando en Primera B primero en Santa Coloma (91-92) y luego en Melilla, donde estuvo tres años (92-95). “Para mí fue como un sueño porque no nos ganábamos mal la vida, éramos igual de profesionales que en ACB y sobre todo en Melilla me quisieron mucho. Tuve buenas temporadas allí. Me tuve que ir porque un verano me aseguraron que me iban a renovar, pero al final se echaron atrás porque al entrenador que iba a venir yo no le gustaba”, apunta.

En la actualidad.

Entonces llegó una decisión trascendente en su vida: “Tenía 26 o 27 años y decidí que, si nadie pagaba lo que yo quería, dejaría el baloncesto y me pondría a estudiar, que es lo que pasó. Saqué Empresariales ya siendo mayor y me ha ido bien desde entonces”. Ahora es jefe de equipo en Generali y vive entre Sabadell y Manresa.