Rafa Vilar: El maestro pontevedrés que no recuerda su debut en la Liga

Rafa Vilar es un ‘4’ gallego que disputó un par de minutos en dos partidos con el Collado Villalba de la temporada 89-90. Quizás suena escaso, pero tiene una buena historia. Sus comienzos en el baloncesto se remontan a su ciudad natal, Pontevedra, donde al principio se vio obligado a jugar al balonmano, de mayor tradición en la ciudad.

En su época de jugador.

“A mí lo que me gustaba era el baloncesto, así es que había una pequeña liga local y mi padre, sin tener conocimiento alguno sobre basket,  montó un equipo para poder jugar un día a la semana algún partidillo. Entrenábamos un par de días a la semana en el patio exterior del Colegio A Xunqueira II, donde mi madre era maestra, con frío, lluvia… y cuando se hacía de noche, sobre todo en invierno, con las luces del SEAT 124 de mi padre encendidas a modo de iluminación. Toda una aventura”, cuenta con enorme emotividad.

 

El chico debió progresar rápido. Fichó por las categorías inferiores del Cajamadrid a través de Gustavo Nieto. “Le conocí un verano en un campus de baloncesto que organizaba el Banco Simeón en la residencia Altamar de Vigo. Durante los dos años siguientes me desplacé hasta Madrid hasta en dos ocasiones para participar en las ‘operaciones altura’ que realizaba el Real Madrid de baloncesto para captar chavales a nivel nacional. La segunda vez que estuve allí fueron eliminando a chavales hasta que quedamos unos pocos en pista, pero no me eligieron”, recuerda.

Su relato continúa: “Por lo que me cuenta mi padre, era un mar de lágrimas en la estación de Principe Pío, antes de coger el tren de vuelta a casa y, casualidades de la vida, nos encontramos en esa estación a Gustavo, con el que no habíamos mantenido relación ninguna. Nos reconoce, y al preguntarnos qué hacíamos allí y contarle toda la historia, se ofrece a realizarme una prueba para el Cajamadrid de Alcalá de Henares ese verano. Mi padre pensó que era para que tuviera un viaje de vuelta más agradable, pero no fue así. Semanas después recibimos una llamada de Gustavo diciendo que me vaya para Alcalá, a su casa, para hacerme una prueba. Ese verano, cursando yo 3º de BUP, ficho por el Cajamadrid y Gustavo pasa a ser mi tutor en Alcalá de Henares. Juego dos años de juveniles y, al pasar a junior, él se marchó al BBVde Collado Villalba y me llevó con él”.

Vilar consiguió debutar con el primer equipo (BBV-Grupo IFA del 4 de enero de 1990), pero, en un alarde de sinceridad, reconoce que no recuerda cómo fue aquel momento. “Sí recuerdo entrenar con los senior, que para mí ya era una auténtica pasada, y viajar a muchos campos de España. No conocía ninguno. Éramos un grupo espectacular. El equipo junior de esos dos años éramos como una familia. Los resultados nos acompañaron y en la segunda temporada fuimos subcampeones de España en Badajoz”.

Según sostiene, nunca destacó por sus “condiciones de juego”. “Empecé muy tarde y notaba la diferencia con algunos compañeros que técnica y físicamente eran superiores, pero sí que era un jugador de equipo. Defendía como el que más”.

Después de Villalba, jugó en el Azuqueca de Henares, en Primera B. “Fue un año complicado. Pocos minutos en una posición en la que tenía que jugármela con el americano de turno o con gente que tenía mucha más experiencia que yo en la categoría, como Guillermo Hernangómez o Juan Fermosell. Tras la mala experiencia, decido dejar de jugar a ese nivel y marcho para Pontevedra para continuar mis estudios de Magisterio, y me incorporo en el equipo de mi ciudad, Estudiantes dos Institutos. Allí estuve varios años en Primera autonómica, llegando a subir en la temporada 92-93 a Segunda nacional”.

En la actualidad. 

En la actualidad es maestro de Educación Física en el Colegio Público de Educación Infantil y Primaria de A Ramallosa, una población del municipio Teo, en la provincia de A Coruña. Y le cuesta disimular la pasión que siente con esa actividad: “Creo que hoy en día no se le está dando toda la importancia que se debe a mi profesión. Siempre tuve claro que quería ser maestro, mi madre y mi abuelo también lo fueron, y desde pequeño ‘mamé’ mucha escuela con mi madre. Formamos un grupo de maestros y maestras excepcional, con los que estoy encantado de poder trabajar y a los que les tengo un gran cariño. Nos esforzamos a diario porque nuestros alumnos y alumnas vengan contentos al cole, tengan ganas de aprender despierten su interés hacia los nuevos conocimientos y sobre todos que vean que nosotros también somos sus amigos en los que pueden confiar. Amo mi trabajo”.

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