Plaza Basket Lover, el orgullo de la Copa

La Copa del Rey es una experiencia como pocas. Tanto, que muchos aficionados tienen sus fechas en rojo en el calendario, como para pedirse vacaciones. Preparar maletas y… marchando a la ciudad que acoja su torneo. Porque entre la competición, los partidos, el estallido en el pabellón, el ejército de medios de comunicación que lo difunden -como una de las celebraciones deportivas de mayor tirón-, existe un universo paralelo creado por las aficiones. Una fiesta que colorea las calles de la ciudad hasta convertirlas en días de absoluta devoción. Días de Copa.

El trasiego de esta competición ha sido enorme. Piensen que a finales de los 70 y principios de los 80, la Copa del Rey (en formato futbolero) buscaba la promoción de nuestro baloncesto en ciudades donde no tenía ni testimonio ni tirón. La Federación Española (en aquel entonces, organismo que regía el baloncesto nacional) pensaba en la finalísima de este evento como el sitio perfecto de crear afición. Y venga que les daba por inaugurar pabellones con tal certamen en varios casos. Almería en 1981, Badajoz en 1982, Palencia en 1983, todos con sus primeros calores (la Copa se disputada en eliminatorias a ida y vuelta una vez acabada la liga) eran escenarios perfectos, con TVE presente (la única que había) como para bendecir el parquet del recién creado recinto.

Con la venida de la ACB (creación de la Asociación de Clubes de Baloncesto) llegó el formato de semifinales y final en un solo evento. El éxito fue tal en Zaragoza en su primera edición, con el triunfo del local CAI Zaragoza, que el resto de clubes participantes (excepto Real Madrid) dicen que exigieron las próximas ediciones de Copa en sus escenarios. Pensaban que ser anfitriones era la clave del éxito. Para nada (solamente Vitoria en 2002 volvió a reeditarlo a lo largo de la historia). Y llegó Tenerife en los días previos a Navidad en 1986 con el actual formato de 8 equipos bajo el brazo. El que cuajó, el que ha dejado huella.

Desde entonces, el aficionado al baloncesto pensaba que aquello era un marco inigualable para apoyar a su equipo durante… ¿tres días seguidos? Porque, lo que en un principio parecía designado para los grandes, la Copa lo barrió de un plumazo. Apoyar desde la grada, sobre todo en los grandes recintos que maneja la Copa del Rey en los últimos años, es de una importancia vital, ante una incertidumbre con su máximo exponente en los 90, que ni de lejos se soñaba en liga. ¿Cáceres finalista? ¿O Pamesa Valencia campeón en su primera participación? ¿O TDK Manresa? La Copa tomaba vida por sí sola. Era “la tierra de los imposibles”. O si no, que se lo digan a Valladolid en 1998, donde en cuartos de final, el Joventut derrotó al Barça, el Fórum Valladolid al Real Madrid, el TDK Manresa a Estudiantes y el Pamesa al Tau Cerámica. Magnífica locura.

Esta citada década de los 90 creó una incipiente y maravillosa ‘paranoia’ deportiva, en comunión con el apoyo incondicional de las aficiones. El “quien más apoya, cuenta”, tiñe de un color especial la ciudad que alberga cada edición de Copa. Y se unen todos y comenzamos los simpatizantes del baloncesto a sacar pecho, cuando se descubre ante nuestros ojos un marco impensable en otros arraigados deportes: el hermanamiento. El amor al baloncesto supera cualquier color de uniformes y bufandas. La Copa del Rey se transforma en la fiesta colectiva. Y el español, muy dado al “te invito a otra y lo hablamos”, encontró en este certamen el escenario perfecto. Y desde la barrera, toda una orgullosa representación de la Liga Endesa que divisa tal panorama con la sonrisa del “algo estamos haciendo bien”.

Zaragoza, Málaga, Vitoria, A Coruña, Las Palmas o Sevilla… todas ellas tenían un círculo común donde las aficiones se reunían. Sus centros históricos en estos cuatro días, inspiran colorido y destilan alegría. Mucha alegría. Madrid es su sede este año. Y Madrid es una ciudad amplia, extensa, donde los fans pueden dispersarse en muchos puntos. Pues aquí entra Endesa.

Hay que reunir a todos en un punto y en un momento concretos. Y se pensó que la céntrica y atractiva Plaza de Santa Ana es idóneo, rodeada de bares y restauración, para poder brindar sobre este hermanamiento. El próximo sábado, a las 13:00, la rebautizada estos días como Plaza Basket Lover, será el lugar de encuentro para todos los que queráis degustar de esta fiesta y formar parte de la historia que la mantiene como fetiche para el aficionado. El verdadero orgullo de la Copa.

El que presto coge vacaciones para hacer la maleta, viaja a una ciudad y vive cuatro días de entusiasmo. Porque lo pasará bien, porque le espera el aficionado contrario dispuesto a cantar y “echarse una” con él en los alrededores de una taberna. Y llegar después al pabellón, el templo deportivo donde da para soñar, porque en la Copa del Rey, nada está escrito.