Una gran final

1- Los que ganaron.

Después de una serie agotadora, el Madrid pudo celebrar su 31º título liguero no sin antes tener que doblegar una y otra vez la enconada resistencia del Barcelona. Respira aliviado el equipo y su afición, alcanzado por fin lo que se empezó a intuir hace más de un año y que ha tardado en llegar. El título liguero, sumado a el dominio total de la temporada regular y la sensación que este equipo tiene al menos dos o tres años donde sólo necesitará algo de chapa y pintura para poder seguir aspirando a todo, confirma no un cambio de ciclo, pues para eso habrá que esperar a la reacción del Barcelona, pero sí un cambio de liderazgo en el baloncesto español. Si el Barça ha sido la referencia de los últimos años, el equipo a batir, ahora ese privilegio le corresponde al Real Madrid, y bien que se lo ha ganado. Además este gran título debería suponer un salto en la confianza y madurez del colectivo, que se mostró en unos cuantos momentos demasiado ansioso por alcanzar la meta que perseguía. En definitiva, buenos tiempos presentes y un futuro que se antoja optimista, basado en un estilo que por fin ha cuadrado su atractivo con su efectividad, con una base de plantilla muy sólida y que no parece vaya a cambiar al menos a corto y medio plazo (sólo la futura marcha de Mirotic a la NBA, aún todavía por concretar pero que lógicamente se producirá) y mucha estabilidad en los mandos dirigentes. Probablemente este sea el gran valor de lo conseguido en estos dos años de la era Pablo Laso. De la total confusión se ha pasado a una competitividad que ya no admite dudas y un apoyo a su juego que no se veía por estos lares desde hace casi dos décadas. Enhorabuena a todos, los que jugaron, los que apoyaron y también al baloncesto, pues es de agradecer que apuestas baloncestísticas como la de este Madrid terminen triunfando.

– La crónica de Iturriaga

2- Los que perdieron.

Pocos peros se le pueden poner colectivamente al Barcelona, al menos en esta final. Orgulloso y resistente, sólo dio su brazo a torcer en el último partido. Si llegó algo tocado a la final con la ausencia del impagable Pete Mickael y la postrera lesión de Jawai, el contratiempo de la rotura de fibras de Navarro en el cuarto partido terminó por limitarle demasiado como para poder asaltar una montaña tan exigente como la de un quinto partido en la casa del actual Madrid. Otra cosa es el balance final de campaña, no sólo huérfano de grandes títulos sino demasiado irregular, con excesivos subes y bajas, casi siempre en el filo de la navaja y salvo los meses de Febrero y Marzo, con muchos problemas en su juego. La pasada temporada, incluso contando con su título de liga, pareció que necesitaba cambios estructurales que finalmente no se produjeron, salvo la incorporación de un Tomic que si bien durante la temporada regular mostró una muy buena versión, durante los playoffs se enredó en exceso, pareciéndose más al jugador que no quiso el Madrid. La sabia nueva que podían aportar Abrines, Rabaseda o Todorovic en líneas generales no ha cuajado aún y por si fuera poco Lorbek ha sido poco Lorbek, lo que podría ser extensible a Marcelinho. De ahí que lo que el año pasado parecía recomendable, ahora se antoja necesario. Trabajo tienen en los despachos para volver a armar un equipo algo más estable, sin tanta dependencia de Navarro, con algo más de contundencia interior y quizás menos encosertado en la forma de desarrolla su baloncesto.

 – La crónica de Iturriaga

3- Lo que disfrutamos.

El caso es que la final fue un magnífico colofón a la temporada. Llegó a su quinto partido, fueron todos partidos muy ajustados, hubo la justa y digerible polémica con algunos finales y el publico respondió en los pabellones y también en sus casas con unas audiencias muy saludables. El juego no fue excelso, ni mucho menos, pero todo no se puede tener. Tampoco, salvo Felipe Reyes, justísimo MVP de la final, ningún jugador pudo mantener una regularidad en sus aportes. Por unas razones u otras, Oleson, Navarro, Ingles, Mirotic, Rudy, Sergio Rodriguez o su tocayo Llull tuvieron sus momentos de protagonismo, pero en general influyeron y se habló más de las cuestiones colectivas que de las individuales. Al final ganó el que seguramente sea hoy en día mejor, el que pudo disfrutar de la ventaja de jugar el partido decisivo en su campo, lo que da sentido e importancia a los 34 partidos de la temporada regular, el que casi todos coinciden como mejor equipo del año. Ahora toca descansar, hablar de la selección y preparar la temporada venidera. De esta está ya casi todo dicho.

 – La crónica de Iturriaga